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martes, 19 de febrero de 2013

AUSENCIA DE REFERENTES


            Ante el vacío interior de nuestra sociedad, cuando faltan referentes y todo se confía a la técnica y a la razón, es más necesario que nunca abrirse al misterio. Los problemas humanos y sociales de nuestro mundo, a pesar de (o precisamente por)  los recursos de que disponemos, nos ponen sobre aviso: hay que buscar las soluciones más adentro, en lo interior del hombre. Y, sobre todo, sin perder la relación psicológica con la fuente de la vida, con el misterio que nos envuelve.

            La cantilena de algunos progresistas es echar la culpa de los males a la religión, que funcionaría como cortapisa a la libertad humana. Pienso, por el contrario, que tenía más razón  Benjamín Franklin cuando se preguntaba: “si los hombres son tan perversos teniendo religión, ¿cómo serían sin ella? Las sociedades modernas más avanzadas presumen (salvo quizá los EE.UU. de América) de secularismo y laicidad.

            ¿Hay alguien que pueda mostrar que un hombre sin Dios y una sociedad sin religión son mejores, más nobles, más libres? De verdad, ¿alguien puede pensar con honestidad que el machismo, la violencia de género, la prostitución, los abortos masivos, la muerte de inocentes, el tráfico de armas, el terrorismo, la delincuencia, la corrupción al uso… son obra o consecuencia de las religiones? Anda, ya…

            Sin duda, uno de los grandes problemas de nuestra época es la falta de referentes. Padres, maestros, dirigentes sociales ven mermada su autoridad. Jóvenes y súbditos en general se encuentran perdidos, sin hallar salidas a los graves problemas que los aquejan (falta de trabajo, incertidumbre ante el futuro, corrupción...). También la Iglesia  se ve privada de credibilidad, sin la cual resultan vanos todos los esfuerzos para realizar su misión dirigida precisamente a suscitar la fe. ¿Qué fe puede suscitar un testigo carente de toda credibilidad?

            El referente fundamental nos lo presenta el Evangelio del domingo próximo. Jesucristo en oración. Jesucristo transfigurado. Jesucristo presentado por el Padre como el Hijo a quien hay que escuchar. Hoy escuchamos muchas cosas, estamos en la civilización del ruido y de la imagen. Pero hay que escuchar más adentro. Hay que atreverse a apagar TV, radios y móviles, para escuchar la voz interior. En ella podemos escuchar a Dios mismo. Y transfigurarnos a imagen de Cristo. Quien no se trans-figura acaba por des-figurarse. ¿No es esto lo que está ocurriendo?

            Y hablando de referentes: no se pierdan a ese anciano de 86 años que conocemos como Benedicto XVI. Después de 800 años, ha tomado por primera vez la tremenda decisión que parecía imposible: renunciar al Papado. A su sabiduría teológica ha unido eso tan poco común que es el sentido común. Y ha sido valiente creando un precedente insospechado. No ha tentado a Dios, pretendiendo contar con una asistencia especial y milagrosa del Espíritu Santo, que no es exigible cuando no se utilizan bien todos los recursos y capacidades naturales. Se ha sentido sin fuerzas y se ha dicho a sí mismo y nos ha dicho a todos: en el sano ejercicio de la responsabilidad y, sobre todo, de la autoridad hay que saber retirarse a tiempo. ¡Cuántos en la Iglesia y en la sociedad civil deberíamos tomar ejemplo!

                                                                                   JOSÉ MARÍA YAGÜE

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