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martes, 23 de julio de 2013

SOBRE LA ORACIÓN

            ¿Comete Dios delito de “tráfico de influencias”? ¿Tendría que ser condenado por los jueces humanos por atender a las “recomendaciones” de sus amigos? Las preguntas parecen de broma pero no son broma. De hecho, algunos sabios teólogos cuestionan la pertinencia de la oración de petición.  A pesar de ellos, Jesús enseña a pedir a sus discípulos. Y la Iglesia siempre nos ha enseñado a pedir y a rezar dirigiéndole súplicas a Dios. ¿Es que no sabe Dios lo que necesitamos antes de que se lo pidamos? 

            Por supuesto que Dios sabe lo que necesitamos y también hay que dar como hecho incontrastable que nuestras oraciones no pueden modificar el designio de Dios. Entonces, ¿para que gastar tiempo en pedirle cosas a Dios? ¿Cómo se explica, por otra parte, que Jesús insista, tras enseñar el Padre Nuestro, que hemos de rogar una y otra vez, con perseverancia, hasta “cansar a Dios”?

            Estas preguntas tienen dos respuestas. Una primera, más sencilla, y la otra, relacionada con la primera, pero un poquito más complicada. Vamos con ellas.

            La primera respuesta a las cuestiones arriba planteadas es que la oración de súplica no es para convencer a Dios sino para convencernos a nosotros mismos de lo que necesitamos de verdad. Con lo cual nos predispone a trabajar con más insistencia para obtener los dones que necesitamos: glorificar a Dios y no a nosotros mismos, trabajar por el Reino que es justicia y paz, hacer la voluntad de Dios y no nuestro capricho, compartir cada día el pan con el necesitado sin acaparar lo innecesario, aprender a perdonar y acoger el perdón de Dios y de los demás, y no meternos en líos que acabarán con daño para nosotros y para los demás.

            Tenemos derecho a esperar todo esto como don de Dios. Pero con tal de que lo trabajemos con ganas en el quehacer de cada día. A eso habría que añadir, con San Agustín, que las súplicas a Dios son necesarias para ensanchar nuestro corazón y dar más espacio en él a los dones de Dios, liberándonos de los caprichos de las modas y del materialismo rampante que nos acosa. También para acoger y aceptar los dones de Dios y hacerlos fructificar. Sobre todo, el don supremo que es el Espíritu Santo.

            La otra respuesta, relacionada con la primera y un poquito más complicada, es que en el Padre nuestro Jesús nos enseña no sólo lo que tenemos que pedir y desear, sino cómo y desde que actitudes del corazón hemos de orar. En síntesis, podemos asegurar que no podemos relacionarnos con Dios desde el orgullo y la autosuficiencia. Que la oración requiere sabernos necesitados y dependientes. Que no podemos anteponer nuestra voluntad a la de Dios, quien nunca es un tapa-agujeros de nuestras limitaciones. Que creer en Dios y en su ayuda supone ser solidarios y desear tanto el pan de los demás como el propio. Que quien acoge el perdón, ofrecido siempre por Dios, indefectiblemente perdona a los demás. Ah! Y que si no queremos hacernos mal no hay que meterse en líos (tentaciones, los llama el Evangelio) y ser limpios en las intenciones. Amén.   

                                                                                   JOSÉ MARÍA YAGÜE


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