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miércoles, 17 de septiembre de 2014

EMPEZANDO POR LOS ÚLTIMOS

            Muchos textos de los evangelios nos parecen lógicos, frutos del sentido común. La mayoría.  Difíciles de cumplir pero fáciles de entender. El domingo, en cambio, se nos presenta una parábola que no, que nos resistimos a aceptarla, que incluso nos lleva a pensar que Dios –el amo de la viña- no procede con justicia. Efectivamente, no parece lógico que se le pague al que ha trabajado solamente una hora lo mismo que al que ha aguantado toda la jornada “el peso del día y del calor”. Anda, que si lo hubiesen sabido antes los jornaleros de la primera hora, “pa luego” iban a haber trabajado todo el día pudiendo cobrar lo mismo con sólo una hora de “curro”.

            Ahora que en España sabemos que se pueden obtener fortunas de millones de euros sin pegar ni golpe, sólo por los méritos de la inteligencia y de la viveza y, además, irse de rositas con el beneplácito de los jueces; que se pueden montar empresas sin pagar un solo jornal y esperar nada más que los amigos de papá metan en ellas dinero a espuertas (¡vivan los emprendedores!); que los sabios dueños de todos esos dineros tampoco pagan impuestos y la agencia tributaria nada tiene que ver con ellos y los jueces no encuentran “indicios” y les mandan a casa sin medidas cautelares... a ver quién va a ser el tonto que pague de buen grado el IVA, el IRPF o el impuesto de sucesiones...

            De pena. ¿No habría que acusar de prevaricación a los jueces? ¿De verdad tienen todos estos sucios negocios alguna cobertura legal que permita a sus señorías meter en la cárcel a enflaquecidas “salchichas” y mandar a la calle a los grasientos y asquerosos “chorizos” de nuestra vida pública?    Menos mal que, aunque lo parezca, la parábola de los viñadores en la que cobran lo mismo los últimos que los primeros no va por ahí. Ni por sueños. La cosa es mucho más sencilla. Tan simple como que hay que dar a cada cual lo que necesita, más que lo que “merece”. Porque merecer, merecer, aquí todos merecemos poco, y mucho menos quienes se lucran del trabajo de los demás. El usar bien la inteligencia recibida y las capacidades adquiridas para el bien de los demás no es un mérito sino un deber de simple humanidad. Y esto es lo que nos cuesta entender.

            Por eso, el mundo comenzará a funcionar un poco bien cuando entendamos que, además de ser justos (“dar a cada uno lo convenido y lo bien ganado”), también es preciso ser generosos compartiendo lo que nos sobra con el que nada tiene. Por supuesto, habrá que comenzar por cortar las manos a quienes las emplean para robar bien cubiertas de guantes blancos. Gustoso votaría yo a “Podemos” si tuviera el más mínimo atisbo de esperanza de que ellos lo intentarían. Lo malo es que creo que no es el caso.

            Lo realmente difícil de entender, asimilar y practicar es la gratuidad. No aprovecharse de nadie ni de nada y estar dispuesto a dar de lo propio sin esperar recompensa. Eso es lo que hace el dueño de la viña, es decir, Dios. Y eso es lo que él espera de quienes queremos ser hijos suyos.


                                                                                      JOSÉ MARÍA YAGÜE


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