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martes, 26 de agosto de 2014

OFRECED VUESTROS CUERPOS COMO HOSTIAS VIVAS

            Tenía destinadas dos horas de este lunes 25 de agosto para escribir la reflexión semanal que trata de ser una actualización del Evangelio del domingo próximo a nuestro momento histórico. He comenzado leyendo lo que escribí hace unos años. Y resulta que es lo que quisiera decir hoy. Es un poco más largo que de costumbre, pero creo que vale la pena mantenerlo tal cual, con ligeros retoques. A veces es necesario volver sobre lo realmente importante. No es, en este caso, ni pereza ni comodidad transcribir con algún retoque lo ya dicho anteriormente.

            Nuestra cultura hedonista está reñida con la cruz. Sin embargo, no procede cargar las tintas sobre las dificultades especiales que puede encontrar el hombre actual para el seguimiento de Jesús. Porque el sufrimiento nadie lo quiere ni lo ha querido nunca y la “buena vida” (en términos de bienestar, disfrute, quietud sin sobresaltos ni riesgos...) es una legítima aspiración del ser humano. Por esto, cuando Jesús explica que le aguardan padecimientos y que sufrirá una muerte ultrajante, Pedro pretende apartarlo de ese camino: ¡eso no puede pasarte! La postura de Pedro es la del sentido común; nadie quiere nada malo para las personas queridas, y si se puede evitar algún mal, es obligación hacerlo.

            Pero es cierto, que nuestra civilización exacerba la tendencia natural ahuir del dolor. Tras haber logrado domesticar muchas fuerzas hostiles de la naturaleza, con tantos medios para evitar el dolor, incluso de los enfermos, y con tantas ofertas para hacer agradable la vida, estamos en peores condiciones y disposición para aceptar el mensaje de la Cruz. Si a ello se añade la fuerza persuasiva de la propaganda, dedicada a ofrecer comodidad y evitar molestias, entonces resulta poco menos que de locos la propuesta del seguimiento de Cristo: negarse a sí mismo, cargar con la cruz. ¡Ahí es nada!

            ¿No es éste el problema crucial que personalmente padecemos muchos “buenos cristianos”, incluso los obispos y sacerdotes, dedicados al culto y a la predicación? Sabemos que Cristo nos redime mostrándonos su amor hasta dar la vida en la Cruz. Sabemos que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los demás. Sabemos que cargar con la cruz significa comprometernos en el trabajo anónimo, sencillo y cotidiano para hacer la vida más soportable a quienes la tienen difícil, para acompañar, consolar, ayudar... Sabemos... Sabemos...

            Pero el confort de nuestras casas, las múltiples y variadas ofertas de TV, cine, música, deportes... para todos los gustos, nos entretienen y así vamos aplazando “sine die” la decisión de negarnos a nosotros mismos (tomar distancia frente a la propia satisfacción), de cargar con el peso de servir a los demás y de seguir en serio a Jesús. Confieso que éste es mi problema fundamental e invito a los amigos lectores a que se examinen para descubrir si no es el miedo al sufrimiento y a la renuncia al bienestar la raíz de la falta de compromiso con la vida, con la gente que sufre y con los acuciantes problemas de nuestro mundo (el cercano de la vecindad, del pueblo, de la parroquia y el más lejano pero no menos acuciante de los pobres del tercer mundo, de las guerras, de los desplazados...).  En efecto, la sociedad de bienestar nos acuna y adormece y así se puede ir pasando la vida –dilapidándola- en lugar de encontrarla junto a Cristo, mediante el sacrificio del propio yo.

             La breve lectura de Romanos (segunda del próximo domingo) nos ofrece el programa: “presentad vuestros cuerpos como hostia viva, santa y agradable a Dios. Éste es el culto razonable, el que Dios quiere”. En realidad, San Pablo quiere decir “ofreced vuestras personas”, todo vuestro ser, pero está muy bien traducir por cuerpos, ya que hoy somos muy dados al cultivo autocomplaciente del cuerpo, a la comodidad física y a evitar por todos los medios el dolor corporal.

            Por tanto, lo que se nos sugiere a los cristianos es esforzarnos en el culto verdadero, el que se da en la vida misma. Es decir, la disposición para el sacrificio, para el sufrimiento que viene de la mano del compromiso con la esposa, con el esposo, con los hijos, con los vecinos, con los feligreses, con los pobres... Que no otra cosa es la Cruz de Cristo. Naturalmente, este compromiso, este cargar con la cruz, requiere “renovar la mente y no ajustarse a los deseos y propuestas de este mundo”. De no ser así, acabaremos como el Pedro del Evangelio, a quien Jesús llama Satanás, es decir, obstáculo, maestro de falsedad. El mismo Jesús le indica su puesto con firmeza: no te pongas en mi camino, toma el lugar que te corresponde detrás de mí. ¿Queremos ser discípulos en estas condiciones?

                                                                              JOSE MARÍA YAGÜE





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