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martes, 12 de agosto de 2014

LA MUJER CANANEA

            Jesús se ha retirado con sus discípulos fuera de los confines de Galilea. Anda dedicado a la instrucción de los discípulos, formando lo que más tarde sería la iglesia apostólica. En el centro de esa instrucción, su núcleo, está el amor a los semejantes, que comporta casi siempre cargar con cruces que podrían evitarse si el objetivo de la vida se pone en la “buena vida”.

            El grupo recorre parajes ahora tristemente famosos por las guerras: los confines de Tiro y Sidón. La antigua Fenicia, hoy el Líbano y Siria. La guerra, el terror, la descalificación y el odio por motivos raciales y religiosos se han asentado en estos territorios. La cosa no es de ahora, viene de muy, muy lejos. Precisamente el evangelio del domingo nos habla  ya de esta mala sintonía entre los judíos y los extranjeros.
La escena que nos presenta el evangelista Mateo ofrece aristas punzantes. Los discípulos quieren que Jesús despida a una señora extranjera que viene tras ellos rogando insistentemente su intervención a favor de una hija enferma. El comienzo del diálogo entre Jesús y esta señora es bronco y desagradable. Resulta difícil de captar el sentido del insulto del que la señora resulta víctima. No nos imaginamos fácilmente a Jesús tildando de “perra” a una pobre señora necesitada y suplicante. Se nos escapan los matices y las modulaciones, pero el hecho está descrito así. La insistencia de la mujer, no exenta de agudeza pero en los límites de la humildad y el servilismo, es calificada por Jesús como modelo de fe. De hecho, el “final feliz” (la curación de la hija enferma) es consecuencia de esta fe inquebrantable y de la tenaz persistencia en la súplica.

            Por todo ello, el relato deja un sabor agridulce. Agrio porque pone de relieve la distancia y el mal entendimiento entre los pueblos, distancia y falta de sintonía en las que Jesús parece participar. Agrio también porque, una vez más, los discípulos quieren que la mujer sea despedida (cosa que la traducción litúrgica disimula cambiando el término “despedir” por el de “atender”), poniendo de manifiesto su no implicación en la solidaridad, como ocurriera antes de la multiplicación de los panes.

            Pero dulce porque la extranjera obtiene lo que desea: la compasión de Jesús que realiza la curación. Más allá de los puros sentimientos, del relato emergen dos grandes consecuencias, necesarias hoy para el logro de la paz entre pueblos históricamente enemigos:

             El diálogo, la acogida del otro, no desde posturas de poder o superioridad sino de comprensión de la necesidad del que está en el otro lado. Misiles y bombardeos sólo destruyen, ahondan las heridas y no aportan solución. La compasión está en la raíz de cualquier salida positiva a toda situación de conflicto. Sin ponerse en el pellejo del otro no hay solución que valga.

            También nosotros tendremos que aprender. Los nacionalismos ibéricos no aportarán nada bueno a la convivencia cuando el chauvinismo y el rechazo visceral pretenden imponerse caprichosamente haciendo imposible todo diálogo constructivo.

                                                                           JOSÉ MARÍA YAGÜE




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