"La esperanza no engaña" (Rm 5,5)
La paternidad de Novgorod. Icono S. XIV (Galeria de Tret'jakov, Moscu) |
La imagen es el gran icono de la Paternidad de
Novgorod de fines del siglo XIV, cuyas dimensiones confirman que estaba
destinada a una iglesia: la Figura dominante es la del Anciano de días que
aparece sentado sobre un trono con respaldo semicircular, revestido con un
manto blanco adornado con una franja rojo fuego; su aureola es una cruz y en
los espacios entre los brazos de la cruz están representados algunos serafines;
en su mano izquierda tiene un pergamino semiabierto. Con la derecha bendice
mediante el movimiento del anular unido al pulgar típico del Verbo encarnado.
Sobre sus rodillas se sienta el Emmanuel que con ambas manos sostiene un disco
sobre el que esta representada la paloma del Espíritu Santo; también el tiene
una aureola con cruz con los serafines. Los pies del Anciano se apoyan sobre un
escabel rodeado por las ruedas de fuego aladas, consteladas de ojos, de la
visión de Ezequiel; dos grandes serafines están a los costados del trono como
en la visión de Isaías. Junto al trono aparecen dos santos estilitas, abajo a
la derecha se ve un joven apóstol, probablemente Tomas o Felipe.
No siempre resulta fácil sonreír frente a la vida. La
mayoría de las veces sentimos la tentación -es hoy nuestra gran tribulación- de
creer en cualquier otra cosa menos en nuestra felicidad. Quien tiene éxito no
es, a buen seguro, el que se plantea las preguntas sobre la verdad y sobre la
justicia; los títeres de la televisión nos propinan imágenes que unen riqueza y
serenidad; la cháchara de la gente no nos ayuda a distinguir entre nuestra
verdad interior y la fachada que mostramos a los otros; el dolor que acompaña a
la vida con sus relaciones hace acallar nuestros sueños… Frente a esta historia
-la historia que se hace oír en alta voz- nos sentimos a veces aturdidos, sin
posibilidad de volvernos hacia atrás y de preguntarnos dónde está el error de
donde viene todo.
Sin embargo, ésta no es la única historia en la que estamos
implicados. Hay asimismo una historia que viene de lejos, de la que ni siquiera
vemos sus orígenes y que también se nos presenta bajo la fachada de cada día.
Se trata de la historia de un hombre que ha sido capaz de poner la verdad por
delante del error sin ser fundamentalista, de poner la acogida por delante del
miedo, de sentirse llamado a un amor más grande antes que
tener miedo por su propia suerte sin perder nada de su propia humanidad. Se
trata de una historia compuesta de otras personas capaces de seguir a aquel
hombre por su camino, sirviendo gratuitamente a los otros, orando, consolando.
Se trata de una historia que todavía hoy se muestra fecunda cada vez que un
abrazo vence a un sufrimiento, cada vez que se dice una palabra en medio del
silencio, cada vez que encontramos a una persona que realiza la justicia en la
verdad y la misericordia. Esta historia nos parece escondida porque no siempre
tenemos unos oídos tan finos que la oigamos y porque casi siempre se levantan
otras voces más altisonantes, más prepotentes, aunque también más vacías. Por
eso no se les puede decir el Nombre, para no confundirlo con el resto de la
historia.
Se nos ha enseñado a llamar a ese Nombre «Padre», a adorar
al Hijo, a invocar el don del Espíritu Santo: éstos son los nombres que se oyen
en esta historia que está detrás de nuestra historia de cada día. Con estos
nombres en nuestros labios y en nuestros corazones podremos comprender al fin
que el mundo no ha sido abandonado a sí mismo y -ni siquiera en medio de sus
sufrimientos- va solitario por su camino, sino que es bello «jugar con el
orbe de la tierra, [poniendo nuestra] alegría en estar con los hombres». Así
es como podremos comprender que, entre todas las dimensiones que atravesamos
con nuestros pasos de cada día, lo que constituye el fundamento de todo es
precisa y únicamente nuestro camino espiritual. Podremos comprender que nuestra
llamada a la comunión con Dios y con quienes nos acompañan en nuestro camino no
es un peso, sino un juego que nos puede hacer sonreír y nos hace más libres que
nunca. Pero ésta es otra historia…
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