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martes, 3 de diciembre de 2013

VA DE PUENTES

            Este fin de semana tenemos el tan esperado puente de la Constitución y la Inmaculada. Con la particularidad de que este año la Inmaculada cae en domingo. Ese puente tan esperado para profesores y alumnos que ya vienen cansados de un largo trimestre. Que es el más duro por aquello de que profesor y alumnos tienen que conocerse, adaptarse... no digamos nada para aquellos niños que están empezando a leer. Siempre he pensado que lo más difícil es aprender las letras y saber unirlas. A partir de ahí, ya viene todo de corrido. Vaya de paso mi admiración a maestros y maestras que enseñaron y enseñan las primeras letras a los niños. Como sé del mucho amor que ponen en este empeño, les felicito de corazón.

            Pero vamos a lo de los puentes. Sin ellos no es posible atravesar los ríos caudalosos, a no ser con mucho tiempo y coste. Viví durante algunos años a las orillas del río Madre de Dios, uno de los afluentes del Amazonas. Entonces no había puente. Había que surcar las aguas en barca. Mucho tiempo, algún dinero, a veces larga espera, sobre todo cuando tenías que pasar el coche para seguir viaje por la otra orilla. El catamarán podía tardar horas, si tenías que hacer cola. Hoy, se ha construido un hermoso puente de casi un kilómetro, por el que se transita caminando o en coche con toda comodidad y rapidez.

            Hay otros traslados y otras orillas que es menester alcanzar en la vida. Si nos quedamos en nuestro pequeño mundo, la vida se hace anodina. Nos convertimos en juguetes, consumidores, ansiosos buscadores de una felicidad y de una paz que o no llega, y nos deprimimos, o se alcanza a costa de narcotizarnos a nosotros mismos. Es el camino que hallan o hallamos muchos en esta nuestra cacareada sociedad del bienestar y del consumo.

            Cuando Jesús de Nazaret invitó a sus discípulos a cruzar a la otra orilla no era sólo el lago de Galilea lo que tenían que cruzar. Se les proponían otros horizontes, otras metas. Por eso se hizo presente en medio de la noche y del mar para hacer posible que su barca tocase puerto de inmediato en medio de la tormenta (Juan 6, 21).

            Nos empeñamos los humanos en escalar el cielo y ser dioses, como Adán o Prometeo, sin tiempos, espacios, puentes y porteadores. Por nosotros mismos. Imposible. La historia nos muestra los fracasos de tal pretensión. Hoy vivimos uno de esos fracasos espeluznantes: una sociedad descarriada, excelsa en los progresos técnicos y deplorable en el orden moral. Enferma. Duelen todas las junturas de los miembros: víctimas y verdugos, ricos y pobres, nacionalismos, norte y sur, derechas e izquierdas, corrupción allí donde menos había que esperarla. Hasta la naturaleza se resiente porque enviamos hacia arriba toneladas de gases contaminantes. Hay que buscar y encontrar EL PUENTE. Está ahí. Se llama Jesucristo. ¿Nos acordaremos de él, ahora que celebramos su venida a la tierra para acompañarnos y llevarnos al Puerto de la concordia y la solidaridad. ¡Ah! Viene de la mano de María, la sin mancha, la llena de gracia y de solícita ternura hacia los que la invocamos.


                                                                                JOSÉ MARÍA YAGÜE

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