Vistas de página en total

Buscar este blog

martes, 7 de enero de 2014

TÚ ERES MI HIJO AMADO

            Pasaron las fiestas navideñas, incluidos los Reyes. Comienza la así llamada “cuesta de enero”. Como en los comienzos de toda actividad, puede entrar un poco de desgana, mirar hacia delante y hacerse todo difícil. Es natural y todos podemos tener estas sensaciones. No vale deprimirse y agudizar los sentimientos de impotencia para refugiarse en el cómodo “no hacer nada” o inclinarse por los mínimos imprescindibles. Hay que afrontar las tareas con resolución y, como dirían los clásicos, con “determinación determinada”.

            La fiesta del próximo domingo, 12 de enero, con la que litúrgicamente termina el ciclo de Navidad, nos depara motivos más que suficientes para fundamentar  esta resolución de emprender el trabajo sin titubeos, ni escaramuzas disuasorias. El Bautismo del Señor nos presenta a Jesucristo como quien tiene clara su identidad de Hijo y, por tanto, su misión: obedecer al Padre, es decir, proclamar el Reino de Dios y realizarlo con sus obras. Por eso se nos describe su personalidad como la de quien pasó haciendo el bien y curando toda dolencia y enfermedad. Hoy mismo, 7 de enero,  se nos describe su actuación recorriendo los caminos de Galilea, la de los paganos y descreídos. Saliendo a las periferias, como traduciría actualmente el papa Francisco. No precisamente como observador sino “proclamando el Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. No realiza toda esta actividad desde los centros de poder, ni con medios costosos, ni con ningún tipo de imposiciones. Por el contrario, “sin gritar, ni clamar, ni vociferar por las calles”. Como un siervo que hace su trabajo, sin romper una caña ni apagar una vela vacilante.

            Ser bautizado con el bautismo de Jesús es mucho más que ser liberados de pecados, lo que no es en absoluto baladí. Pero recibir el bautismo es mucho más: es pasar a ser hijo de Dios para seguir a Jesucristo, para ser consagrado del todo a la misión de hacer todo el bien posible a los demás hijos de dios, evitando todos los males. 

            Cada uno según su estado y condición. Pero nadie, ni religioso, ni religiosa, ni sacerdote ni  laico tienen derecho a esperar que otros hagan lo que a cada uno le corresponde. Hay que “salir” de sí mismos y buscar ser eficaces en el trabajo de cada día. La acedía, la pereza, los aplazamientos del quehacer cotidiano no se compaginan con la vocación cristiana. El cristiano no tiene tiempo ni para deprimirse. Hay mucho quehacer y nadie tiene derecho a entretenerse matando el tiempo. Aunque no dudamos de que, por aquello de que el tiempo es nuestro, no faltarán hoy los que reclamarán el derecho a perderlo y gastarlo a su antojo. Camino por cierto desahogado para convertirse en parásitos inútiles o dañinos en una sociedad que requiere el trabajo bien hecho, cada día, de todos los que la formamos.


                                                                                     JOSÉ MARÍA YAGÜE

No hay comentarios:

Publicar un comentario