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jueves, 23 de enero de 2014

DOMINGO 3 DEL TIEMPO ORDINARIO

"El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?"  (Sal 26)



Las lecturas actuales facilitan una reflexión profunda sobre la Iglesia, pues presentan sus elementos constitutivos: una, santa, católica y apostólica.
Una. La Iglesia es una porque tiene en Cristo a su Señor. Todas las comunidades cristianas se reconocen como parte de la única Iglesia fundada por Cristo. Existe un solo bautismo, una sola fe, que une a los creyentes con Cristo. Por eso Pablo combate vigorosamente a los espíritus sectarios y las manipulaciones grupales. Es una tentación reiterada pensar que un grupo sea la mediación exclusiva o privativa de la salvación. Los grupos son instrumentos, medios, no más, y deben resistirse al sutil engaño de la monopolización.
Santa. La Iglesia o comunidad es santa porque «está bautizada» en Cristo. La santidad es ante todo don gracioso, absolutamente gratuito. Después, es respuesta generosa que toma el nombre de conversión, en continua armonía con la voluntad del Padre, como Cristo la ha dado a conocer y como el Espíritu continuamente la propone.
Católica. La llamada a las tribus del norte, Zabulón y Neftalí; la incesante llamada a Galilea, zona poblada o transitada por paganos, le recuerda a la Iglesia su vocación de estar abierta al mundo. Jesús ha elegido vivir e iniciar su vida pública en Galilea para evidenciar la proximidad geográfica con los últimos y los excluidos, preludio de cercanía moral, para que todos se reconozcan como hermanos. «En la Iglesia, ningún hombre es extranjero», recordaba Juan Pablo II en el Día del Emigrante, el 5 de septiembre de 1995.
Apostólica. El único fundamento, Cristo, toma forma histórica en los apóstoles y en sus sucesores (los obispos), en comunión con el obispo de Roma, el papa. La explícita llamada de los apóstoles (los primeros cuatro del evangelio de hoy) expresa la voluntad concreta de Jesús de organizar la Iglesia de este modo. Llamados a seguirlo para ser testigos de la Palabra y los milagros del Maestro. La apostolicidad de la Iglesia está en estrecha relación con su catolicidad; entre las tareas principales de los apóstoles y sus sucesores destaca la de anunciar a Cristo a todos los pueblos.
Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa y tu brazo extendido nos libre de todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.
Danos la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.
(San Clemente de Roma, «Carta a los Corintios», 60, en Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1950, 234).


Hay que conseguir desarmarse. Yo me afané en esa guerra. Durante años y años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.
Ya no le tengo miedo a nada, porque «el amor ahuyenta el miedo». Aplaqué la pretensión de imponerme, de justificarme a costa de los demás.
Ya no estoy en alerta, celosamente aferrado a mis riquezas. Acojo y comparto.
No me aferró a mis ideas, a mis proyectos. Si me proponen otros mejores, los acepto con buen ánimo.
O no mejores, más buenos.
Lo sabéis, he renunciado al comparativo… Lo que es bueno, verdadero, real, dondequiera que sea, es lo mejor para mí. Por eso, ya no tengo miedo.
Cuando no se posee nada, ya no se tiene miedo.
«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» [...]
Pero si nos desarmamos, si nos despojamos, si nos abrimos al Dios-hombre que hace nuevas todas las cosas, entonces él transforma nuestro pasado ruin y nos restituye a un tiempo nuevo donde todo es posible. 
(Atenágoras, Chiesa Ortodossa e futuro ecuménico. Dialoghi con Olivier Clément, Brescia 1995, 209-211).

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