"A tu luz vemos la luz" (Sal 35,10)
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Icono ruso de la Transfiguración. Siglo XVI |
Cuando, "antes de la Cruz" Cristo toma consigo,
para acompañarle al monte, a los tres discípulos, no se ha cambiado a sí mismo
delante de ellos, no ha asumido en lo externo una forma, una naturaleza, que
antes no tuviese, no se ha vuelto resplandeciente con una gloria que le
resultase extraña, por efecto de una luz proveniente de otra parte. Su persona
perfecta no ha sufrido ningún cambio o
transformación, sino, según los Santos Padres, Cristo abrió los ojos a los
discípulos:
"Pasaron de la carne al espíritu", escribe San Máximo el
Confesor. Y San Juan Damasceno:
"No se transfigura asumiendo lo que no era, sino
mostrando a sus discípulos lo que era, abriéndoles los ojos, y de ciegos como
estaban los convierte en vidente (...). Permaneciendo siempre el mismo en su
identidad, se muestra ahora a sus discípulos bajo un aspecto diverso respecto
al que antes se manifestaba".
Por un instante Cristo les concede contemplar la gloria de su divinidad, que
estaba unida hipostáticamente, "sin confusión", sin cambio, sin
división y sin separación" a su naturaleza humana (definición de fe del IV
Concilio Ecuménico de Calcedonia). Revela a los ojos "abiertos" de
los apóstoles la gloria inaccesible e insoportable que había "velado"
por condescendencia bajo el velo de la carne, en la sombra de su cuerpo, y
muestra la carne transparente como cristal. San Gregorio Palamas enseña:
"El poder divino brillaba como a través de láminas de vidrio, resultando
diáfano a cuantos habían purificado el ojo del corazón" (San Gregorio
Palamás, Primera homilía sobre la Transfiguración, PG 151, 433C).
Muestra, por un instante, el estado permanente que adquirirá su cuerpo después
de la Resurrección y que los cuerpos de los santos poseen en el Reino de los
Cielos, para ayudar a los apóstoles y prepararlos a la prueba de su Pasión:
"Antes de la Cruz, Señor, tomando contigo a los
discípulos sobre una alta montaña, te transfiguraste ante ellos, iluminándoles
con los rayos de tu majestad. Por amor hacia los hombres y por tu poder
soberano querías mostrarles el esplendor de la Resurreccion". (Kondakio de
la fiesta)
Esta luz increada, esta única gloria y energía del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo, "belleza del siglo futuro y eterno" emanada del
cuerpo de Cristo como de una fuente de irradiación, se convierte en "el
reflejo de la carne semejante a Dios (homóteos), y le permite ver desde
entonces el reino de Dios venido "con poder", como el Señor les había
prometido antes de llevarlos a la montaña:
"Os aseguro que entre los aquí presentes algunos no
gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios" (Mc
9,11).
En el mundo creado, el sol envía su luz sobre todas las criaturas para darles
vida; igualmente la luz increada se comunica a los vestidos del Señor,
"blancos como la nieve" (Mt 17, 2), pues una cosa es la unión con
Dios "según la hipóstasis" y otra la participación " por
gracia", "por energía u operación":
"Su rostro resplandecía como el sol, pues se
identifica, según la hipóstasis, con la luz inmaterial, y por esto se convierte
en el Sol de Justicia; pero sus vestidos se vuelven blancos como la nieve, pues
recibien la gloria por revestimiento y no por unión, por relación y no
según la hipóstasis" (San Juan Damasceno, homilía sobre la
Transfiguración, 4, PG 96, 552C).
Según San Máximo, estos vestidos blancos "resplandecientes" (Mt 9,
3), "fulgurantes" (Lc 9, 29), son los logoi de la creación,
las raíces ontológicas de las cosas que han encontrado su realización, su
recapitulación, en la persona del Logos de Dios encarnado (San Máximo
el Confesor, Ambigua, 28, PG 91, 1128BD).
Los elementos del mundo natural liberados de la pesadez de la carne, cesan de
cubrir a Cristo, como pesados vestidos de invierno, volviéndose ligeros,
luminosos, pneumatóforos ( portadores de Espíritu), y comunican a los hombres
la irradiación de la gloria de Dios.
Si supiéramos reconocer el don de Dios, si supiéramos
experimentar estupor, como el pastor Moisés, ante todas las zarzas que arden en
los bordes de nuestros caminos, comprenderíamos entonces que la transfiguración
del Señor —la nuestra— empieza con un cierto cambio de nuestra mirada. Fue la
mirada de los apóstoles la que fue transfigurada; el Señor permanece el mismo.
La cotidianidad de nuestra vida, trivial y extraordinaria, debería revelar
entonces su deslumbrante profundidad. El mundo entero es una zarza ardiente,
todo ser humano —sea cual sea la impresión que suscita en nosotros— es esta
profundidad de Dios. Todo acontecimiento lleva en él un rayo de su luz.
Nosotros, que hemos aprendido a mirar hoy tantas cosas, ¿hemos aprendido los
datos elementales de nuestro oficio de hombres? Se vive, en efecto, a la medida
del amor, pero se ama a la medida de lo que se ve. Ahora, en la
transfiguración, nuestra visión participa en el misterio, de ahí que el amor
esté en condiciones de brotar de nuestros corazones como fuego que arde sin
consumir, y así puede enseñarnos a vivir.
Debemos pasar de la somnolencia de la que habla el evangelio a la auténtica
vela, a la vigilancia del corazón. Cuando despertemos se nos dará la alegría
inagotable de la cruz. Al ver, por fin, en la fe, al hombre en Dios y a Dios en
el hombre —Cristo— nos volveremos capaces de amar y el amor saldrá victorioso
sobre toda muerte.
El Señor se transfiguró orando; también nosotros seremos transfigurados
únicamente en la oración. Sin una oración continua, nuestra vida queda
desfigurada. Ser transfigurados es aprender a ver la realidad, es decir, a
nuestro Dios, a Cristo, con los ojos abiertos de par en par. Ciertamente, en
este mundo de locos, siempre tendremos necesidad de cerrar los ojos y los oídos
para recuperar un cierto silencio. Es necesario, es como una especie de
ejercicio para la vida espiritual. Sin embargo, la vida, la que brota, la vida
del Dios vivo, es contemplarlo con los ojos abiertos. El está en el hombre,
nosotros estamos en él. Toda la creación es la zarza ardiente de su parusía. Si
nosotros «esperásemos con amor su venida» (2 Tim 4,8), daríamos un impulso muy
diferente a nuestro servicio en este mundo.
Lecturas de la fiesta:
http://www.servicioskoinonia.org/biblico/calendario/texto.php?codigo=20130806&cicloactivo=2013&cepif=0&cascen=0&ccorpus=0