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miércoles, 30 de octubre de 2013

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

"Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor."  (Sal 23)


Los santos no se evaden, para refugiarse en una intimidad solo poblada por Dios. Al revés, la fe les abre al mundo. Les acerca al prójimo. Les llena de motivos para el encuentro. son maestros, sanadores, artistas, que comparten las zozobras y las alegrías de la gente.
Disfrutan con la vida bien concreta y real, ríen alto y fuerte. A veces también lloran. Arriesgan, en ocasiones hasta dar la vida por enfrentarse a lo injusto. Como hizo Jesús, en cuyo espejo se miran. Otras veces es la suya una entrega más callada, más cotidiana, que va construyéndose en el día a día. Todos los santos del mundo y de la historia.

Al recordarles, lo hacemos con gratitud, con admiración, pero también con la conciencia de que cada uno de nosotros está llamado a vivir el evangelio con la misma pasión, hondura y radicalidad. 

Lecturas de la fiesta:


¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR?

La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: “Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo”.
Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.
La oración del fariseo nos revela su actitud interior: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás”. ¿Que clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.
El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: “¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador”. Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.
La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir ante Dios seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.
Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?
Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.


De  Eclesalia.net

martes, 29 de octubre de 2013

DIOS, AMIGO DE LA VIDA

            “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado”. Así habla un libro antiguo, el de la Sabiduría. Se trata de la sabiduría de un Pueblo, el de Israel, que nos transmite la sabiduría de Dios. Los cristianos hemos hecho nuestro este libro como todos los que están en la Biblia.

            Un luminoso ejemplo del amor de Dios a todos los seres es la escena de Jesús en casa de Zaqueo, lectura que también haremos en las misas del próximo domingo. Zaqueo era un jefe de publicanos. Es decir, jefe de unos personajes mal vistos, ladrones generalmente, y colaboradores de un Imperio invasor. Vamos, que podría ser considerado como un Bárcenas cualquiera o uno de esos sindicalistas aprovechados de los ERES de Andalucía.

            Pues con todos esos antecedentes, Jesús se atreve a autoinvitarse para comer en casa del susodicho personaje. Los dimes y diretes, aun sin periódicos y televisiones, corrieron como la pólvora por la ciudad (pueblo medianamente grande) de Jericó. ¡Jesús ha ido a comer en casa del publicano Zaqueo”, ese que nos tiene acribillados a impuestos! Y no es que a Jesús no le importe lo que los demás piensen de él. Faltaría más. El buen nombre y la buena fama hay que conservarlos en la medida de lo posible. Pero le importa más, infinitamente más, la persona de Zaqueo. Mostrar a este personaje curioso subido a un árbol, arremangada la túnica, con tal de ver a Jesús, que –digan lo que digan- él es amado de Dios. Y eso es lo que le cuenta Jesús, entre bocado y bocado y trago y trago: que Dios le ama y espera mucho y bueno de él.

            ¡Menudo descubrimiento! Tanto que el ricachón y amigo del dinero decide regalar la mitad a los pobres y a los que ha defraudado darles cuatro veces más. ¡Debía tener acumulado bastante el tal Zaqueo! Con jueces como Jesús y ladrones como Zaqueo podrían suprimirse las cárceles. Si todos los ladrones de guante blanco de nuestras democracias devolviesen lo que han robado con sus intereses, me parece que todos los españoles estaríamos dispuestos a ofrecerles el indulto y hasta la amnistía para que no fuesen a la prisión. El erario público se ahorraría además el darles de comer gratis, su custodia y las cárceles.


            Pero eso sólo ocurre cuando alguien, cualquiera que sea, rico o pobre, descubre que el mayor tesoro no es el dinero, sino el saberse amado de Dios. Tal es el milagro que hace Jesús: mostrar a Zaqueo la amabilidad de Dios de tal manera que se lo cree. Tal es la tarea –pendiente, muy pendiente- de la Iglesia, de los cristianos. Cambiar esa imagen perversa de un dios lejano, juez enfadado, castigador donde los haya y vengativo, por el Dios real, papá de Jesucristo, amigo de los hombres y de las mujeres. Que no desea otra cosa sino que lo queramos un poquito y lo mostremos queriendo un montón a todos los que Él ama. Naturalmente primero a los pobres, a los que nadie quiere y a los excluidos por tantos “bienpensantes” que han construido una sociedad rota, dividida por los privilegios y se han atrevido a inventar un diosecillo que justifica el desorden. Aunque ellos lo llamen “orden social”. Ya. Angelitos...   

                                                                         José María Yagüe   

CÓMO JESÚS TRABAJA CONSTANTEMENTE EN NUESTRA VIDA


Adrienne von Speyr (La Chaux-de-Fonds, 20 de septiembre de 1902 – Basilea, 17 de septiembre de 1967) fue una de las más importantes místicas católicas del siglo XX. Fue la primera mujer en ejercer la profesión médica en Suiza. Su vida se caracterizó por intensas iluminaciones desde la infancia, vividas con un cierto malestar por ser de confesión protestante desde el nacimiento.

Se convirtió al catolicismo a los 38 años, en 1940, tras un largo período de crisis y de búsqueda, poco después de haber conocido al jesuita Hans Urs von Balthasar, uno de los mayores teólogos católicos del siglo XX.
Permaneció siempre ligada a él por una intensa relación espiritual, y con él comenzó una gran colaboración intelectual. A su entrega al prójimo, a quien dedicó toda su misión como médica, unió la vida familiar –se casó dos veces, después de quedarse viuda– y, sobre todo, una intensa vida espiritual, centrada particularmente en el misterio trinitario. En efecto, el punto de partida de su teología creativa es la Trinidad de Dios, que desde la eternidad ama, dialoga y crea. 
Esta cercanía al centro del misterio cristiano,  juntamente con la claridad y la fuerza expresiva de su escritura, convierte su obra en una de las más penetrantes y sutiles presentaciones de la doctrina católica. Para Adrienne von Speyr la vida de fe es fuente de alegría y paz, aun cuando no se le ahorre al creyente (y mucho menos al místico) la cruz: en este sentido, son importantes sus experiencias relativas al Sábado Santo. Sobre todo, la segunda parte de su vida, una vez alcanzada la paz espiritual tras la conversión, estuvo marcada por enfermedades graves, fuertes sufrimientos y, por último, por la ceguera. Murió en 1967, tras haber recibido el don de los estigmas, precisamente el día de la fiesta de santa Hildegarda de Bingen, también ella médica y mística. El fragmento que publicamos forma parte de «Drei Frauen und der Herr» («Tre donne e il Signore», obra publicada en italiano por Jaca Book).

Los encuentros de Jesús con los hombres en el Evangelio parecen ser del todo casuales. Algunos personajes aparecen y desaparecen, multitudes enteras lo siguen y se convierten en testigos de sus milagros y en oyentes de su predicación. La mayor parte permanece anónima; algunos aparecen solamente para que la situación se delinee claramente, y en la práctica podrían ser sustituidos por otros. Pero también hay personas que, un poco a la vez o de repente, surgen de una cierta oscuridad y, a partir de ese momento, ante la mirada meditativa de la Iglesia, personifican la forma de un servicio particular prestado al Señor.
Cuando esas personas aparecen, nos damos cuenta de que ya desde hacía tiempo habían sido objeto de la consideración y la aceptación del Señor. Él las eligió, las acogió mucho antes de que ellas lo supieran. Y por el momento, hasta que salgan del escondimiento en él, él las sostiene. Algunas ya tienen el presentimiento de que un día él tendrá necesidad de ellas, que ya ahora tiene necesidad de ellas, más aún, que ya tuvo necesidad de ellas; la relación que existe entre ellas y él, relación que él solo estableció, no les es totalmente desconocida.
 Pero hay personas que no saben, que lo encontraron en un escondimiento total, sin haber sido iluminadas, y a pesar de ello él las sostiene durante años, mientras plasma su camino, las dirige y las ayuda a convertirse en las personas que él necesita. En estas personas, que durante muchos años permanecen desconocidas y representan también a esas innumerables personas de cuya relación con el Señor jamás de los jamases conoceremos algo, se nos manifiesta de manera particular su poder de sostener en sí a todo hombre. Con cada uno él por sí solo puede establecer una relación, una relación por la cual en un primer momento solamente pronunció la palabra sí.  La estableció como su creación –y esta posición es la gracia, que precede a todo movimiento y respuesta del hombre–, pero en su sí al hombre ya está incluido, como un germen vivo, latente, también el sí del hombre: en la unilateralidad de la llamada ya está la bilateralidad del encuentro.
De María, que dice al ángel su sí, sabemos por la fe que el Hijo ya desde hacía mucho tiempo, desde la eternidad, la sostuvo y la llevó en su sí. La preeligió como su madre, la predestinó y también la redimió anticipadamente. Es como si hubiera estado sostenida por el sí del Hijo hasta donde fue posible: hasta el momento de la decisión. Así como le sucede al que va a confesarse: está sostenido hasta el momento en que hace su confesión.
Este estar sostenido por el Señor no significa en absoluto que él elimine nuestra responsabilidad; más bien, nos fortalece en la decisión justa para que podamos encontrarlo en la plenitud de nuestra voluntad libre, a fin de que la fuerza que nos da nos haga capaces de elegir lo que es la voluntad del Padre.  Todo el pasado de María está perfectamente encerrado en su sí; en este sí podemos leer cómo gastó su vida, todo lo que contribuyó a formar este sí, en qué se demostró capaz de ser como el Hijo quería. Y en el instante en que pronunció su sí, asumió ante él una responsabilidad que tuvo en cuenta en grado superlativo su autonomía.
Algo parecido les sucede a todos aquellos a quienes el Señor sostiene, plasma en sí y encontrará antes o después. Este acto de sostener incluye dos momentos: uno está totalmente en la eternidad, en el plan del Hijo divino de redimir por amor el mundo para el Padre e incluir en esta decisión a cada hombre, cuya misión prevé; el otro está en la vida temporal de Jesús: aquí hay encuentros auténticamente humanos, cara a cara, como cuando Pedro se presenta por primera vez ante el Señor, o, de modo oculto y misterioso, cuando Jesús ve a Natanael bajo la higuera y lo acoge, mientras quien es visto y acogido todavía no sabe nada de todo eso.


domingo, 27 de octubre de 2013

AVISOS SEMANA 28 DE OCTUBRE

Lunes 28
-  A las 5 nos reunimos Grupo de Mayores en Centro de la Anunciación del Señor.

Miércoles 30
- A las 5, en  el templo de la Anunciación del Señor habrá Oración de Silencio, con exposición del Santísimo.

Jueves 31
- Clases de Guitarra de la UP a las 5 en el centro de la Anunciación.
- A las 8 tendremos Exposición del Santísimo en la Iglesia de la Anunciación del Señor.

Viernes 1 de Noviembre, festividad de Todos los Santos
Celebraciones
11 --------  San Mateo
12 --------- La Anunciación del Señor
1   --------- San Mateo

Sábado 2 de Noviembre, festividad de los Fieles Difuntos
12 ---------- La Anunciación del Señor
1  ----------- San Mateo.
Por la tarde como los sábados.


sábado, 26 de octubre de 2013

LA VIDA SIEMPRE EN OBRAS


«Para ello trabajo y peleo, con la energía suya que actúa eficazmente en mí» (Col 1,29)

Uno piensa en los constructores de las pirámides o de grandes obras como el Taj-Majal, obras milenarias que perdurarán en la memoria de la humanidad… y al lado de eso todo parece efímero. Uno podría pensar que poco va a significar la propia vida. Poco mis sueños, mis desvelos, mis estudios, mis noches sin pegar ojo por las preocupaciones cotidianas. Poco mis decisiones, mis amores, mis renuncias… Pero no es verdad. No es poco. Es todo, a ojos de un Dios para quien, cada uno de nosotros, somos la niña de sus ojos. Mi vida, mis sueños, mis logros, mis éxitos y fracasos, todo ello importa. Aunque no siempre lo veamos. Y porque importa, merece la pena intentar que sea, de algún modo, eterno.

¿Qué puedo hacer?
¿Qué espero hacer?
¿Qué quiero hacer con mi vida?



miércoles, 23 de octubre de 2013

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO

 “Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador”  (Lc 18,13)



Nos sentimos siempre un tanto incómodos ante el pasaje evangélico del fariseo y del publicano. Nos desagrada un poco que haya sólo dos protagonistas. Nosotros, en efecto, no nos sentimos identificados con el fariseo, tan antipático en su actitud de persona de bien que mira a todos los otros de arriba abajo -incluso a Dios, si fuera posible-; sin embargo, tampoco nos identificamos con el publicano, porque es difícil reconocerse tan odiosamente pecadores, aunque al final quisiéramos ser «justificados» como él.
A decir verdad, hay un tercer personaje, presente en el relato, aunque invisible: somos nosotros. Soy yo, el que ahora lee la parábola. En mi corazón no está ni sólo el fariseo ni sólo el publicano, sino sucesivamente uno y otro, o bien ambos al mismo tiempo. Está el deseo de ser una persona agradable a Dios, una persona que de vez en cuando se cree superior a los otros; vienen, a continuación, momentos en los que, por gracia, se me concede advertir qué lejos ando de los sentimientos de Cristo, y, entonces, ya ni siquiera me atrevo a levantar los ojos al cielo. La vida cristiana es, por tanto -como dice san Pablo-, una lucha, un combate, una carrera para conseguir, con una imploración incesante, llegar a ser dóciles y humildes, llegar a tener en nosotros «los mismos sentimientos de Cristo Jesús», el cual no vino a aplastarnos con su superioridad, sino a hacerse pobre, pequeño, incluso pecado y maldito, para que nosotros pudiéramos ser justificados.


Señor Jesús, tu mandamiento de amarnos como tú mismo nos amaste nos hiere el corazón y nos hace descubrir con dolor qué lejos andamos de habernos revestido de tus sentimientos de misericordia y de humildad. Estamos hechos de tal modo que conseguimos pecar incluso cuando nos dirigimos a tu Padre en oración. Ten piedad de nosotros. Danos tu Espíritu bueno. Enséñanos a ponernos a la escucha de su grito inexpresable, que es el único que puede llamar al Padre y obtener la salvación y la paz para nosotros.


Es una cosa buena aprender la humildad según Cristo. Es posible extenuar nuestro propio cuerpo en poco tiempo con ayunos, pero no es fácil ni se puede conseguir en poco tiempo humillar el alma de modo que permanezca siempre humilde. Tenemos el corazón completamente endurecido y ya no percibimos qué son la humildad y el amor de Cristo. Ciertamente, esta humildad y este amor sólo es posible llegar a conocerlos con la gracia del Espíritu Santo, pero no nos damos cuenta de que es posible atraerlos a nosotros. ¡Oh, cómo debemos invocar al Señor para que dé a nuestra alma el Santo Espíritu de humildad. El alma humilde tiene una gran paz, mientras que el alma soberbia se atormenta por sí misma. 
El orgulloso no conoce el amor de Dios y se encuentra alejado de Él. Se ensoberbece porque es rico, sabio o famoso, pero ignora la profundidad de su pobreza y de su ruina, porque no ha conocido a Dios. En cambio, el Señor viene en ayuda de quien combate contra la soberbia, a fin de que triunfe sobre esta pasión. Para que puedas ser salvado, es necesario que te vuelvas humilde, puesto que, aunque se trasladara por la fuerza un hombre soberbio al paraíso, tampoco allí encontraría paz ni se sentiría satisfecho, y diría: «¿Por qué no estoy en el primer puesto?». Sin embargo, el alma humilde está llena de amor y no busca los primeros puestos, sino que desea el bien para todos y se contenta con cualquier condición. En virtud del amor, el alma desea para cada hombre un bien mayor que para sí misma, y goza cuando ve que los otros son más afortunados que ella, y se aflige cuando ve que se encuentran en el sufrimiento. El alma del hombre humilde es como el mar. Echa una piedra en el mar: apenas perturbará la superficie y de inmediato se hundirá. Así se hunden las aflicciones en el corazón del hombre humilde, porque el poder del Señor está con él (Archimandrita Sofronio,Silvano del Monte Athos, Turín 1973, pp. 274-281, passim).

Vídeo de la semana:

Lecturas del día:


DOS ACTITUDES CONTRAPUESTAS

            Eso es lo que nos presenta el evangelio del próximo domingo. Un test sencillo para evaluar cómo nos situamos en la vida y con qué resultados.  Para comprender este evangelio habría que traducir la nomenclatura de los dos protagonistas. Fariseos y publicanos eran dos grupos de personas existentes en los tiempos de Jesús, pero esos términos han venido a significar otra cosa para nosotros.

            Los primeros eran conservadores de las tradiciones de su pueblo, fieles cumplidores de las leyes y, como eso era bien visto en aquella sociedad muy religiosa, les gustaba rezar mucho y que les vieran. Jesús les tachó de hipócritas, justo lo que ha venido a significar hoy ese término de fariseos, porque su interior y su justicia no se correspondían con las apariencias. Publicanos eran los cobradores de impuestos al servicio del Imperio invasor y colonizador. Se les permitía meter la mano en la bolsa, con tal de que a Roma llegase lo estipulado. Naturalmente eran muy mal vistos por los pagadores de impuestos, es decir por el pueblo llano que estaba hasta el cuello. Y hasta las narices.

            No hay equivalentes exactos en nuestra sociedad. Sin embargo, como aproximación a los primeros, uno piensa en los ejecutivos de alto rango, socialmente bien considerados, triunfadores, bien vestidos, con traje y corbata unas veces y con prendas deportivas otras, pero por supuesto de diseño y obtenidas en “boutiques”. Aunque éstos no suelan ser muy religiosos y no se les vea rezar, esto no tiene demasiada importancia porque depende de las modas y de hábitos sociales propios de cada época. Como ahora no toca ser “religiosos”, no conviene hacer alardes de misticismo.

            Los publicanos serían los inspectores de Hacienda y adjuntos, los que se meten en nuestras cuentas más para sacar que para ingresar. La diferencia está en que los de ahora cobran para un Estado independiente (con el permiso de Europa, claro) y no se les permite –en general- meter mano en la bolsa para sus gastos personales. Por eso no tienen tan mala fama como los publicanos, pero simpáticos no son desde luego.

            Como queda claro en la parábola, aparte de los términos, lo que importa es la actitud de unos y otros. Los prepotentes se consideran superiores a los otros. Están orgullosos de su triunfo en la vida. Triunfo que, sin duda, consideran consecuencia de sus cualidades, mérito y trabajo. No son unos vagos como esos que sólo se quejan de no haber tenido oportunidades. Los servidores del bien común se saben llenos de faltas y defectos. No se ponen en el centro de la imagen porque saben que lo suyo es servir a los demás. Porque reconocen que muchas veces se sirven a sí mismos, están dispuestos a arrepentirse y pedir disculpas. Y hasta a cambiar.

            Autosuficientes o servidores. Por ahí anda el meollo de la cuestión.          

                                                                                   José María Yagüe
          

martes, 22 de octubre de 2013

YA VES QUÉ TONTERÍA

Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima más que tu nombre.



                                                                                        Gloria Fuertes