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miércoles, 31 de julio de 2013

SAN IGNACIO DE LOYOLA



El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar  su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la  prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados.


CONTRA LA INSENSATEZ

Cada vez sabemos más de la situación social y económica que Jesús conoció en la Galilea de los años treinta. Mientras en las ciudades de Séforis y Tiberíades crecía la riqueza, en las aldeas aumentaba el hambre y la miseria. Los campesinos se quedaban sin tierras y los terratenientes construían silos y graneros cada vez más grandes.
En un pequeño relato, conservado por Lucas, Jesús revela qué piensa de aquella situación tan contraria al proyecto querido por Dios, de un mundo más humano para todos. No narra esta parábola para denunciar los abusos y atropellos que cometen los terratenientes, sino para desenmascarar la insensatez en que viven instalados.
Un rico terrateniente se ve sorprendido por una gran cosecha. No sabe cómo gestionar tanta abundancia. “¿Qué haré?”. Su monólogo nos descubre la lógica insensata de los poderosos que solo viven para acaparar riqueza y bienestar, excluyendo de su horizonte a los necesitados.
El rico de la parábola planifica su vida y toma decisiones. Destruirá los viejos graneros y construirá otros más grandes. Almacenará allí toda su cosecha. Puede acumular bienes para muchos años. En adelante, solo vivirá para disfrutar:”túmbate, come, bebe y date buena vida”. De forma inesperada, Dios interrumpe sus proyectos: “Imbécil, esta misma noche, te van a exigir tu vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”.
Este hombre reduce su existencia a disfrutar de la abundancia de sus bienes. En el centro de su vida está solo él y su bienestar. Dios está ausente. Los jornaleros que trabajan sus tierras no existen. Las familias de las aldeas que luchan contra el hambre no cuentan. El juicio de Dios es rotundo: esta vida solo es necedad e insensatez.
En estos momentos, prácticamente en todo el mundo está aumentando de manera alarmante la desigualdad. Este es el hecho más sombrío e inhumano: ”los ricos, sobre todo los más ricos, se van haciendo mucho más ricos, mientras los pobres, sobre todo los más pobres, se van haciendo mucho más pobres” (Zygmunt Bauman).
Este hecho no es algo normal. Es, sencillamente, la última consecuencia de la insensatez más grave que estamos cometiendo los humanos: sustituir la cooperación amistosa, la solidaridad y la búsqueda del bien común de la Humanidad por la competición, la rivalidad y el acaparamiento de bienes en manos de los más poderosos del Planeta.
Desde la Iglesia de Jesús, presente en toda la Tierra, se debería escuchar el clamor de sus seguidores contra tanta insensatez, y la reacción contra el modelo que guía hoy la historia humana.

De  Eclesalia.net




martes, 30 de julio de 2013

SOBRE UN CUADRO DE SIEGER KÖDER


Sieger Köder


+ “Sólo sabes decir: “No tengo nada que dar. Soy pobre”. En verdad, 
eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, 
pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna” (S. Basilio)

         ª “Ved de cuán poco valor
         son las cosas tras que andamos
         y corremos,
         que, en este mundo traidor,
         aún primero que muramos las perdemos"                                                                                               J.  Manrique.

            ª “El hechizo de las bagatelas es muy fuerte”. Blondel.


       ª “La voluntad, recorriendo de un salto todas las aparentes satisfacciones
       que halla, se reencuentra al final ante un vacío más insondable”. Blondel.

                                          (Enviado por José María Yagüe)



GUARDAOS DE TODA CLASE DE CODICIA

           ¿Es la codicia el peor mal de nuestros tiempos? Junto al “afán excesivo de riquezas”, el  diccionario de la RAE, ofrece una segunda definición de codicia: “deseo vehemente de algunas cosas buenas”. Y añade otra muy curiosa que tiene que ver con la tauromaquia: la cualidad del toro que persigue, también con vehemencia, el engaño.

            Es decir, que “toda clase de codicia”, de la que nos previene Jesús, tiene un denominador común: el exceso, la vehemencia. Justamente ese exceso y esa vehemencia es la que nos ofusca con frecuencia. Y nos podemos convertir los humanos en toritos bravos que ciegamente quedamos atrapados por el engaño o los engaños.

            No quisiera yo moralizar a partir  de la tragedia de la curva de Santiago en la que han perdido la vida, de momento, 79 personas y permanecen, en el día que escribo, otras setenta heridas, veinte de ellas muy graves. Este hecho se lamenta y bien haremos en rezar y mostrar, de la manera que sea posible para cada uno, nuestra condolencia y solidaridad con las víctimas. Lejos de mí también el hacer leña del árbol caído, sea el maquinista del tren o las empresas públicas gestoras del transporte ferroviario (RENFE y Adif). Que, al final, ambos serán responsables de uno u otro modo y pagarán las consecuencias.

            Ahora bien, algo debemos aprender todos de estos hechos. Y yo me pregunto si no padecemos todos hoy en España de la codicia de la velocidad. Corremos mucho a veces para llegar a ninguna parte. ¿No estaremos todos corriendo demasiado pero sin timón y para llegar a ninguna parte?

            Por supuesto, el evangelio nos previene ante todo de la codicia de las riquezas, no porque éstas sean malas en sí, sino porque el afán excesivo por conseguirlas y retenerlas nos ha llevado y lleva a empobrecer a otros y a no compartir con los más necesitados. Pero hoy habrá que señalar con fuerza otros “vehementes deseos” nada sanos: la competencia en obtener cotas, a costa de lo que sea, en deportes, en eficacia productiva, en beneficios empresariales, en audiencia... en todo aquello que nos hace sentir superiores a los demás. Con lo que el ser humano se convierte en muñeco o marioneta, títere al servicio del beneficio. Naturalmente de los más listos. Lo dicho por el DRAE: torito ciego que embiste al trapo. Que para eso está la publicidad.

            Claro que también se da el vicio contrario. El de quienes, hartos de tanta competencia, velocidad y otras modas, ya sienten lo de “vacuidad de vacuidades y todo vacuidad”. Ese relativismo que tan bien describe el desconcertante libro bíblico del Eclesiastés. Como todo da igual, no valen la pena ni el trabajo, ni el esfuerzo, ni el esmero y delicadeza para realizar bien la tarea de cada día.

            Frente al afán desmedido y el escepticismo paralizante, hay que “buscar los bienes de arriba”. Con la libertad de espíritu de quien no se deja seducir ni por las bagatelas de este mundo ni por la mediocridad a la que conduce el “todo es da igual”.


                                                                  JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO


sábado, 27 de julio de 2013

BLUES Y RELIGION. BLIND LEMON JEFFERSON (7)



Blind Lemon Jefferson nació alrededor de 1893 en una aldea de Texas; de una familia muy pobre de ocho hermanos, y ciego de nacimiento, una de las escasas salidas que tenía para ganarse la vida era la música, de modo que pronto aprendió a tocar la guitarra actuando en fiestas campestres y en calles de pueblos próximos.
Por entonces se relaciona con personajes fundamentales del blues clásico, como Leadbelly y T-BoneWalker, que fueron sus lazarillos en ocasiones y de él aprendieron técnicas que después contribuirían de forma fundamental a su carrera artística.
Va creciendo, su música se hace más poderosa y célebre, y se instala en Dallas en ambientes de juego, prostitución y bebida. Parece ser que el alcohol y las mujeres siempre fueron una fuerte tentación para él, en la que caía muy frecuentemente.
Es descubierto a mediados de los años 20 por la Paramount e inicia su carrera grabando numerosos temas de gran éxito, siempre relacionados con la vida cotidiana. Cantó acerca de la miseria en Broke and Hungry, de la cárcel en Prison cell blues, de la pena de muerte en Electric Chair blues y, cómo no, de proezas sexuales en su famoso Black Snake Moan. Todas estas historias que tratan del racismo, los malos tratos, el vagabundeo o el miedo a lo sobrenatural, están sacadas de sus propias experiencias.
Bajo el seudónimo de Deacon L.J. Bates, grabó varios temas religiosos, tanto al principio como al final de su carrera.
Murió un crudo invierno en Chicago, cuando cargado de alcohol, se despistó una noche de regreso a su casa por las calles vacías y fue hallado congelado al día siguiente.
De su personalidad se cuenta de todo, desde que era un mujeriego y vividor que le daba al alcohol, a la de un hombre piadoso que se negaba a actuar en domingo. Posiblemente de todo había.

Escuchemosle en All I want is a pure religion, en la que habla de la necesidad de una auténtica conversión (al final de la vida, claro), cuando ya la muerte se siente cercana.

http://www.youtube.com/watch?v=lTgLLcmPDWw



viernes, 26 de julio de 2013

TRES LLAMADAS DE JESÚS

“Yo os digo: Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad y se os abrirá”. Es fácil que Jesús haya pronunciado estas palabras cuando se movía por las aldeas de Galilea pidiendo algo de comer, buscando acogida y llamando a la puerta de los vecinos. Él sabía aprovechar las experiencias más sencillas de la vida para despertar la confianza de sus seguidores en el Padre Bueno de todos.
Curiosamente, en ningún momento se nos dice qué hemos de pedir o buscar ni a qué puerta hemos de llamar. Lo importante para Jesús es la actitud. Ante el Padre hemos de vivir como pobres que piden lo que necesitan para vivir, como perdidos que buscan el camino que no conocen bien, como desvalidos que llaman a la puerta de Dios.
Las tres llamadas de Jesús nos invitan a despertar la confianza en el Padre, pero lo hacen con matices diferentes.“Pedir” es la actitud propia del pobre. A Dios hemos de pedir lo que no nos podemos dar a nosotros mismos: el aliento de la vida, el perdón, la paz interior, la salvación. “Buscar” no es solo pedir. Es, además, dar pasos para conseguir lo que no está a nuestro alcance. Así hemos de buscar ante todo el reino de Dios y su justicia: un mundo más humano y digno para todos. “Llamar” es dar golpes a la puerta, insistir, gritar a Dios cuando lo sentimos lejos.
La confianza de Jesús en el Padre es absoluta. Quiere que sus seguidores no lo olviden nunca: “el que pide, está recibiendo; el que busca, está hallando y al que llama, se le abre”. Jesús no dice que reciben concretamente lo que están pidiendo, que encuentran lo que andan buscando o que alcanzan lo que gritan. Su promesa es otra: a quienes confían en él, Dios se les da; quienes acuden a él, reciben “cosas buenas”.
Jesús no da explicaciones complicadas. Pone tres ejemplos que pueden entender los padres y las madres de todos los tiempos. “¿Qué padre o qué madre, cuando el hijo le pide una hogaza de pan, le da una piedra de forma redonda como las que pueden ver por los caminos? ¿O, si le pide un pez, le dará una de esas culebras de agua que a veces aparecen en las redes de pesca? ¿O, si le pide un huevo, le dará un escorpión apelotonado de los que se ven por la orilla del lago?
Los padres no se burlan de sus hijos. No los engañan ni les dan algo que pueda hacerles daño sino “cosas buenas”. Jesús saca rápidamente la conclusión: “Cuánto más vuestro Padre del cielo dará su Espíritu Santo a los que se lo pidan”. Para Jesús, lo mejor que podemos pedir y recibir de Dios es su Aliento que sostiene y salva nuestra vida.

De  Eclesalia.net

jueves, 25 de julio de 2013

17 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Entonces Abrahán se acercó al Señor y le dijo: “¿Vas a hacer que perezca…” (Gn 18,23)

Déesis rusa, siglo XVI

Principalmente empleada en el Arte bizantino y posteriormente en el románico, gótico y ortodoxo, generalmente la Déesis (en griego, δέησις), "plegaria", "intercesión" o "súplica", es una representación iconográfica tradicional de Cristo Majestad (Pantocrátor) entronizado, llevando un libro y flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista, acompañado a veces por ángeles y santos. En otras ocasiones, también se representa a Cristo en la Cruz, pero siempre acompañado de su Madre y de San Juan.
Tanto la Virgen María como San Juan Bautista y otros personajes que pueden acompañarlos tienen sus rostros mirando al Señor con sus manos en posición de súplica en nombre de la humanidad.


El Padre nuestro y la oración de intercesión nos invitan a dirigir la mente y el corazón a Dios y a los hombres y mujeres amigos suyos y nuestros. El amigo que va a casa de un amigo a interceder a media noche en favor de otro amigo representa «una gran nube» de intercesores (Heb 12,1): entre éstos sobresalen Abrahán (Gn 18), Moisés y Samuel (Ex 32,11-13; Jr 15,1), Jeremías (2 Mac 15,14) y, sobre todo, Jesús, que «está siempre vivo para interceder en favor nuestro» (Heb 7,25).
La oración de intercesión es un excelente modo de hacerse prójimo. El buen samaritano, para salvar la situación del pobrecillo «medio muerto», no sólo «se ocupó de él» en primera persona, sino que recurrió también al mesonero, diciéndole: «Cuida de él» (Lc 10,33-35). Los santos, al ejercer esta caridad, «no cesan de interceder por nosotros ante el Padre» (LG 49). La santísima Virgen, en particular, continúa en el cielo la función que ejerció en Caná, donde «movida a compasión obtuvo con su intercesión» que su Hijo viniera en ayuda de los esposos: «No les queda vino» (Jn 2,3; cf. LG 58). El fundamento de la intercesión es la amistad con Dios, considerado como Alguien que está siempre dispuesto a escucharnos: el Padre que, además de las «cosas buenas», nos quiere ofrecer el don por excelencia del Espíritu Santo, el amigo que no despide con las manos vacías al amigo importuno, «el juez, de toda la tierra» que remite los pecados sin poner límites a la misericordia.

Vídeo de la semana:

Lecturas del día:




martes, 23 de julio de 2013

JMJ 2013



Toda la información de la JMJ en Vida Nueva:

http://www.vidanueva.es/jmj-rio-2013/


SOBRE LA ORACIÓN

            ¿Comete Dios delito de “tráfico de influencias”? ¿Tendría que ser condenado por los jueces humanos por atender a las “recomendaciones” de sus amigos? Las preguntas parecen de broma pero no son broma. De hecho, algunos sabios teólogos cuestionan la pertinencia de la oración de petición.  A pesar de ellos, Jesús enseña a pedir a sus discípulos. Y la Iglesia siempre nos ha enseñado a pedir y a rezar dirigiéndole súplicas a Dios. ¿Es que no sabe Dios lo que necesitamos antes de que se lo pidamos? 

            Por supuesto que Dios sabe lo que necesitamos y también hay que dar como hecho incontrastable que nuestras oraciones no pueden modificar el designio de Dios. Entonces, ¿para que gastar tiempo en pedirle cosas a Dios? ¿Cómo se explica, por otra parte, que Jesús insista, tras enseñar el Padre Nuestro, que hemos de rogar una y otra vez, con perseverancia, hasta “cansar a Dios”?

            Estas preguntas tienen dos respuestas. Una primera, más sencilla, y la otra, relacionada con la primera, pero un poquito más complicada. Vamos con ellas.

            La primera respuesta a las cuestiones arriba planteadas es que la oración de súplica no es para convencer a Dios sino para convencernos a nosotros mismos de lo que necesitamos de verdad. Con lo cual nos predispone a trabajar con más insistencia para obtener los dones que necesitamos: glorificar a Dios y no a nosotros mismos, trabajar por el Reino que es justicia y paz, hacer la voluntad de Dios y no nuestro capricho, compartir cada día el pan con el necesitado sin acaparar lo innecesario, aprender a perdonar y acoger el perdón de Dios y de los demás, y no meternos en líos que acabarán con daño para nosotros y para los demás.

            Tenemos derecho a esperar todo esto como don de Dios. Pero con tal de que lo trabajemos con ganas en el quehacer de cada día. A eso habría que añadir, con San Agustín, que las súplicas a Dios son necesarias para ensanchar nuestro corazón y dar más espacio en él a los dones de Dios, liberándonos de los caprichos de las modas y del materialismo rampante que nos acosa. También para acoger y aceptar los dones de Dios y hacerlos fructificar. Sobre todo, el don supremo que es el Espíritu Santo.

            La otra respuesta, relacionada con la primera y un poquito más complicada, es que en el Padre nuestro Jesús nos enseña no sólo lo que tenemos que pedir y desear, sino cómo y desde que actitudes del corazón hemos de orar. En síntesis, podemos asegurar que no podemos relacionarnos con Dios desde el orgullo y la autosuficiencia. Que la oración requiere sabernos necesitados y dependientes. Que no podemos anteponer nuestra voluntad a la de Dios, quien nunca es un tapa-agujeros de nuestras limitaciones. Que creer en Dios y en su ayuda supone ser solidarios y desear tanto el pan de los demás como el propio. Que quien acoge el perdón, ofrecido siempre por Dios, indefectiblemente perdona a los demás. Ah! Y que si no queremos hacernos mal no hay que meterse en líos (tentaciones, los llama el Evangelio) y ser limpios en las intenciones. Amén.   

                                                                                   JOSÉ MARÍA YAGÜE