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lunes, 1 de septiembre de 2014

AVISO

El próximo domingo día 7 de septiembre, a las 12:30 en la iglesia de la Anunciación, celebraremos la Eucaristía de la Hermandad Ferroviaria en honor a su patrona la Virgen de la Vega.



sábado, 30 de agosto de 2014

CUANDO TÚ ME MIRAS ASÍ

Cuando Tú me miras así
me pierdo en tu mirada

mi barro se desvanece.
Ya soy libre, desaparecí.

Por la puerta de tus ojos
me fui, dejando mi nada.

Qué será, cuando de verdad
me sacarás del destierro
de forma definitiva.

El gozo fluye ligero,
anegando mi ventura.
Los ríos bajan del cielo
irrigando la llanura,
del mar de tu mirar manso.

Te contemplo en la noche
a pesar de no ver nada.
Pero en mi debilidad,
me distraigo, me pierdo.
Lo sé bien, pero qué más da,
si vivo en tu presencia,
mi desnudez y miseria.
Confianza es mi escudo.

Tus ojos nunca me dejan
atado por mis pobrezas.
Me guardan de la malicia
de mis muchos enemigos,
demasiados por mis fuerzas.

¡Sí, el cielo tiene rostro!
El más bello que nunca vi.
Andaré a su encuentro
sobre un lago sin fondo
el del amor en tus ojos.

                               Abraham de la Cruz


jueves, 28 de agosto de 2014

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO

"Dame, Señor, los mismos sentimientos de Cristo Jesús"  (Flp 2,5a)

Cristo. El Greco

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad,
todo mi haber y poseer
Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.
                                             
                                                     Ignacio de Loyola


Hijo, no puedes poseer libertad perfecta si no te niegas del todo a ti mismo.
En prisiones están todos los ricos y amadores de si mismos, los codiciosos, ociosos y vagabundos, y los que buscan siempre las cosas de gusto y no las de Jesucristo, sino que antes componen e inventan muchas veces lo que no ha de durar.
Porque todo lo que no procede de Dios perecerá.
Imprime en tu alma esta breve y perfectísima máxima: Déjalo todo, y lo hallarás todo; deja tu apetito, y hallarás sosiego.
Reflexiona bien esto y, cuando lo cumplieres, lo entenderás todo.
Señor, no es ésta obra de un día, ni juego de niños; antes en tan breve sentencia se encierra toda la perfección religiosa.
Hijo, no debes volver atrás, ni decaer presto en oyendo el camino de los perfectos; antes debes esforzarte para cosas mas altas o, a lo menos, aspirar a ellas con deseo.
¡Ojalá hubieses llegado a tanto que no fueses amador de ti mismo y estuvieses dispuesto puramente a mi voluntad y a la del superior que te he dado! Entonces me agradarías sobremanera y toda tu vida correría gozosa y pacífica.
Aún tienes mucho que dejar; que si no lo renuncias enteramente, no alcanzarás lo que me pides (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 32,1-3).



"Aprende a despreciar las cosas exteriores y dirigirte a las interiores y verás venir el Reino de Dios a ti" (Imitación de Cristo, 2,1).  Se trata de separarse, y con fuerza, de esa exterioridad en que queda aprisionada y reducida la vida del hombre, para volverse y renovar el interior, eso interioridad que caracteriza al hombre. El logro de una conquista semejante requiere distanciamiento de las cosas exteriores, yo que mientras estés ocupado en ellas no puedes pensar en ti: Cristo vendrá a ti si le has reparado en tu interior una digna vivienda; por eso el autor de la Imitación te sugiere insistentemente: hazle sitio en tu interior a Cristo y niégale la entrada a todo lo demás. ¿Cuántos desapegos no están incluidos en "todo lo demás"?
Desapego de las cosas, de todas las cosas a las que a veces se apega nuestro corazón inadvertidamente y que nos impiden adherirnos totalmente a Cristo; desapego de los lugares a los que fácilmente el corazón se vincula bajo la apariencia de bien; desapego de las personas, en el sentido de que los afectos no obstaculicen el triunfo de Cristo en nosotros ni se lo impidan a los demás...
 (G. Luzzanti, Il Regno di Dio é in mezzo o noi, I, Milán, 1976, Wss).


Lecturas del día:


martes, 26 de agosto de 2014

OFRECED VUESTROS CUERPOS COMO HOSTIAS VIVAS

            Tenía destinadas dos horas de este lunes 25 de agosto para escribir la reflexión semanal que trata de ser una actualización del Evangelio del domingo próximo a nuestro momento histórico. He comenzado leyendo lo que escribí hace unos años. Y resulta que es lo que quisiera decir hoy. Es un poco más largo que de costumbre, pero creo que vale la pena mantenerlo tal cual, con ligeros retoques. A veces es necesario volver sobre lo realmente importante. No es, en este caso, ni pereza ni comodidad transcribir con algún retoque lo ya dicho anteriormente.

            Nuestra cultura hedonista está reñida con la cruz. Sin embargo, no procede cargar las tintas sobre las dificultades especiales que puede encontrar el hombre actual para el seguimiento de Jesús. Porque el sufrimiento nadie lo quiere ni lo ha querido nunca y la “buena vida” (en términos de bienestar, disfrute, quietud sin sobresaltos ni riesgos...) es una legítima aspiración del ser humano. Por esto, cuando Jesús explica que le aguardan padecimientos y que sufrirá una muerte ultrajante, Pedro pretende apartarlo de ese camino: ¡eso no puede pasarte! La postura de Pedro es la del sentido común; nadie quiere nada malo para las personas queridas, y si se puede evitar algún mal, es obligación hacerlo.

            Pero es cierto, que nuestra civilización exacerba la tendencia natural ahuir del dolor. Tras haber logrado domesticar muchas fuerzas hostiles de la naturaleza, con tantos medios para evitar el dolor, incluso de los enfermos, y con tantas ofertas para hacer agradable la vida, estamos en peores condiciones y disposición para aceptar el mensaje de la Cruz. Si a ello se añade la fuerza persuasiva de la propaganda, dedicada a ofrecer comodidad y evitar molestias, entonces resulta poco menos que de locos la propuesta del seguimiento de Cristo: negarse a sí mismo, cargar con la cruz. ¡Ahí es nada!

            ¿No es éste el problema crucial que personalmente padecemos muchos “buenos cristianos”, incluso los obispos y sacerdotes, dedicados al culto y a la predicación? Sabemos que Cristo nos redime mostrándonos su amor hasta dar la vida en la Cruz. Sabemos que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los demás. Sabemos que cargar con la cruz significa comprometernos en el trabajo anónimo, sencillo y cotidiano para hacer la vida más soportable a quienes la tienen difícil, para acompañar, consolar, ayudar... Sabemos... Sabemos...

            Pero el confort de nuestras casas, las múltiples y variadas ofertas de TV, cine, música, deportes... para todos los gustos, nos entretienen y así vamos aplazando “sine die” la decisión de negarnos a nosotros mismos (tomar distancia frente a la propia satisfacción), de cargar con el peso de servir a los demás y de seguir en serio a Jesús. Confieso que éste es mi problema fundamental e invito a los amigos lectores a que se examinen para descubrir si no es el miedo al sufrimiento y a la renuncia al bienestar la raíz de la falta de compromiso con la vida, con la gente que sufre y con los acuciantes problemas de nuestro mundo (el cercano de la vecindad, del pueblo, de la parroquia y el más lejano pero no menos acuciante de los pobres del tercer mundo, de las guerras, de los desplazados...).  En efecto, la sociedad de bienestar nos acuna y adormece y así se puede ir pasando la vida –dilapidándola- en lugar de encontrarla junto a Cristo, mediante el sacrificio del propio yo.

             La breve lectura de Romanos (segunda del próximo domingo) nos ofrece el programa: “presentad vuestros cuerpos como hostia viva, santa y agradable a Dios. Éste es el culto razonable, el que Dios quiere”. En realidad, San Pablo quiere decir “ofreced vuestras personas”, todo vuestro ser, pero está muy bien traducir por cuerpos, ya que hoy somos muy dados al cultivo autocomplaciente del cuerpo, a la comodidad física y a evitar por todos los medios el dolor corporal.

            Por tanto, lo que se nos sugiere a los cristianos es esforzarnos en el culto verdadero, el que se da en la vida misma. Es decir, la disposición para el sacrificio, para el sufrimiento que viene de la mano del compromiso con la esposa, con el esposo, con los hijos, con los vecinos, con los feligreses, con los pobres... Que no otra cosa es la Cruz de Cristo. Naturalmente, este compromiso, este cargar con la cruz, requiere “renovar la mente y no ajustarse a los deseos y propuestas de este mundo”. De no ser así, acabaremos como el Pedro del Evangelio, a quien Jesús llama Satanás, es decir, obstáculo, maestro de falsedad. El mismo Jesús le indica su puesto con firmeza: no te pongas en mi camino, toma el lugar que te corresponde detrás de mí. ¿Queremos ser discípulos en estas condiciones?

                                                                              JOSE MARÍA YAGÜE





jueves, 21 de agosto de 2014

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO

"Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"  (Mt 16,16).

El Salvador, Maestro bondadoso. Rusia, siglo XVI

El reconocimiento de Simon Pedro de la verdadera identidad de Cristo señala el momento culminante de la experiencia de los apóstoles y de la Iglesia, que tiene en Cristo su fundamento. Pedro, según el texto del cuarto evangelio (6,69), "cree y conoce" que Jesús de Nazaret es "es el santo de Dios", el consagrado por excelencia, el Mesías—Cristo. Las consecuencias de tal reconocimiento han marcado una historia bimilenaria y todavía activa. Sobre todo, subraya que reconocer a Cristo es fruto de la revelación del Padre acogida con Espíritu de fe (¡creído y conocido!). En segundo lugar, un acto semejante es, a su vez, fuente de aquella bienaventuranza que le concede al testimonio cristiano empuje y alegría. En tercer lugar es sobre la roca de Pedro y los apóstoles donde tiene el fundamento la comunidad de Jesús, el nuevo y universal pueblo de Dios. Contra él resultaran impotentes las fuerzas de la muerte ("las puertas del infierno", en el lenguaje bíblico). Pedro y los apóstoles (cf Mt 18,18) ejercen el poder de Cristo (cf Ap 1,18), la triple tarea de gobernar ("atar" y "desatar"), santificar y enseñar. El estupor de Pablo ante los designios divinos bien puede equipararse al episodio evangélico de la investidura de Pedro y la constitución de la Iglesia como una comunidad cimentada sobre la roca de la fe y -lo recuerda Juan al final del evangelio- del amor.


Concédele a tu Iglesia, Señor,
que no alimente actitudes soberbias,
sino servicios humildes, agradables a ti.
Que desdeñe el mal
y practique cuanto es recto
con amor y plena libertad
(oración fijada por la antigua liturgia romana para el 15 de junio, en memoria de los mártires).



Como sabéis, el Señor Jesús eligió antes de su pasión a sus discípulos, a quienes llamó apóstoles. Entre ellos solo Pedro ha merecido personificar a toda la Iglesia casi por doquier. En atención a esa personificación de toda la Iglesia que solo él representaba, mereció escuchar: ¡Te daré las llaves del Reino de los Cielos!. Estas llaves no las recibió un solo hombre, sino la unidad de la Iglesia. Por este motivo se proclama la excelencia de Pedro, porque era figura de la universalidad y unidad de la misma Iglesia cuando se le dijo: Te daré, lo que en realidad se daba a todos. Para que veáis que es la Iglesia la que recibió las llaves del Reino de los Cielos, escuchad lo que en otro lugar dice el Señor a todos sus apóstoles: "Recibid el Espíritu Santo". Y a continuación: "A quien perdonéis los pecados les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis les serán retenidos". Esto se refiere al poder de las llaves, del que se dijo: "Lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo, y lo que atéis en la tierra será atado en el cielo". Pero lo de antes se dijo solo a Pedro. Para ver que Pedro personificaba entonces a toda la Iglesia, escucha lo que se le dice a él, y en él a todos los santos fieles: "...lo que atéis en la tierra quedará atado también en el cielo, y lo que desatéis en la tierra será desatado también en el cielo". La paloma ata, la paloma desata. Ata y desata el edificio levantado sobre la piedra. Teman los atados, teman los desatados 
                                                                                   Agustín de Hipona


Lecturas del día:


miércoles, 20 de agosto de 2014

¿QUÉ SIGNIFICO YO EN TU VIDA?

            Más allá de esas dos preguntas que Jesús dirige a sus discípulos: ¿quién dice la gente que soy yo? ¿quién decís vosotros que soy yo?, para nosotros se podrían traducir en esta única: ¿qué significo yo en tu vida?

            Esta es la gran cuestión para el cristiano de hoy. No bastan unas prácticas religiosas para ser cristiano (“no todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos”). Tampoco basta aceptar unas doctrinas religiosas y morales sostenidas por los representantes de la Iglesia, e incluso  sintonizar con ellas, con lo difícil que ello resulta a un buen grupo de personas, sobre todo jóvenes, particularmente en asuntos como el matrimonio indisoluble, las relaciones sexuales o la contraconcepción. Ni siquiera es suficiente para ser un buen cristiano un comportamiento moral regido por la doctrina de la Iglesia, sobre todo en la cuestión social. Todas estas cosas son muy importantes y necesarias para la vida cristiana, si ésta no ha de ser un uso de la fe a la carta y según personales preferencias.

            Pero la clave de la fe y de la vida cristiana es la relación personal con Jesucristo. Que de eso van las preguntas lanzadas por Jesús a sus discípulos, de entonces y de ahora. La respuesta de aquellos, representada por Pedro, no es la misma en los tres evangelios sinópticos. Marcos y Lucas hacen responder a Pedro: “tú eres el Mesías”. A esas palabras, Mateo añade: “el Hijo de Dios vivo”. Esta diversidad no es cuestión de matices, de un poco de más o de menos. Es algo sustancial.

            Reconocer a Jesús como “Mesías” es mucho. Es aceptarlo como el prometido por Dios en el A.T. para liberar al pueblo judío de su dependencia extranjera, de su crónico estado colonial. Pero cabían muy variopintas interpretaciones del papel del Mesías esperado. Entre ellas, la de ser un líder político que expulsaría a los extranjeros con la fuerza de las armas (así los zelotes y sicarios de los que alguno pudo pertenecer al grupo selecto de los doce discípulos de Jesús). El rechazo inmediato de Pedro al camino propuesto por Jesús de subir a Jerusalén para allí sufrir el rechazo de los poderes públicos y la muerte, es un claro ejemplo de la no plena aceptación del mesianismo de Cristo por los discípulos en aquel preciso momento, antes de la Pascua.

            Por eso hay que dar un paso más. Reconocer y aceptar a Jesucristo como “el Hijo de Dios vivo”. Es decir, como el que asume la soberanía y el dominio de la vida del discípulo. Y, en contraprestación, el discípulo se transforma en copartícipe de todos los bienes del Señor. Jesús explicó esto con la alegoría de la vid y los sarmientos. La historia de la espiritualidad (especialmente carmelitana, pero ni mucho menos exclusiva de Sta. Teresa) lo ha enseñado con el ideal de la plena unión de Cristo y el cristiano. La doctrina del cuerpo místico de Cristo ya en San Pablo y expuesta, por ejemplo, por S. Juan Eudes lo expresa admirablemente: los bienes de la cabeza son también de los miembros y los miembros pertenecen totalmente a la cabeza.

            ¿Buscamos los cristianos hoy este encuentro y esta plena identificación con Jesús? De otro modo, la vida cristiana es precaria y siempre amenazada de sucumbir.


                                                                                  JOSÉ MARÍA YAGÜE


lunes, 18 de agosto de 2014

BODAS DE ORO DE MARTINA Y JOSÉ

El domingo 17 celebraron sus bodas de oro en la Eucaristía de la Anunciación Martina y José. Desde aquí les felicitamos y animamos a que continúen siendo fieles y ejemplo de amor humano y cristiano. Gracias por esos 50 años.







viernes, 15 de agosto de 2014

BODAS DE ORO DE PEPE Y PAULA

Hoy día 15 de agosto celebraron sus bodas de oro Pepe y Paula durante la Eucaristía de la iglesia de la Anunciación. Son ejemplo de amor y fidelidad a lo largo de toda una vida, por lo que les damos las gracias.
Las comunidad parroquial les desea toda la felicidad en este gran día.








TARIFA





20 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

"Ten piedad de mí, Señor Hijo de David"  (Mt 15,22)



Con el episodio de la cananea, la Iglesia de los orígenes afrontaba una cuestión de capital importancia, y no menos decisiva para la Iglesia de hoy: la salvación del que todavía no ha sido alcanzado por el Evangelio de Jesús. La intervención de la mujer se puede formular de la siguiente manera: "La salvación pasa por el reconocimiento del mesianismo y el señorío de Cristo". El mismo Mateo nos enseña en el gran cuadro del juicio universal (c. 25) que tal reconocimiento puede ser implícito, ya que esta mas ligado al amor al prójimo que a la pertenencia formal a la Iglesia. Con eso se salvaguarda la unicidad de la salvación, que tiene en Cristo muerto y resucitado a su artífice, y al mismo tiempo, la apertura universal a los dones divinos.
Tal apertura ya fue anunciada proféticamente para la era mesiánica: ver el templo de Dios abierto a toda la gente. Este "nuevo templo" es la humanidad misma de Cristo, como recordara la Carta a los Hebreos, donde habita la divinidad, de modo que cada hombre que ore puede considerarse, según Pablo, "templo de Dios", llamado a insertarse como miembro vivo en el cuerpo de Cristo.
Toda la familia humana tiene cabida en el misterio divino que comporta la recapitulación de cada criatura en Jesucristo, el Señor Así lo enseña el Concilio Vaticano II: "Una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir; la vocación divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que solo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual"
(Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, n. 22, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid *1976, 289-291).


Señor Jesucristo, hijo de David, acoge nuestra súplica. Aunque no venimos de tierras paganas sometidas por el maligno, siempre somos ovejas extraviadas de tu rebaño. En nuestros corazones pende un pasado de idolatría e infidelidad. Ciertamente, no somos dignos de sentarnos a la mesa de los hijos, pero una migaja de tu pan celeste puede redimirnos de nuestras perversiones y proporcionarnos el don de la salvación. Suscita en nosotros una "fe grande", como la de la cananea, de modo que podamos testimoniar entre los hombres los prodigios de tu amor.


La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está "poseída", expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra "demonismo". Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.
Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros.
(E. Drewermann, El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor, Herden Barcelona 1996, 134- 135; traducción, Claudio Gancho).


Lecturas del dia: