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domingo, 10 de noviembre de 2013

AVISOS SEMANA 11 DE NOVIEMBRE

Lunes 11
- A las 5 nos reunimos el Grupo de Mayores en Centro de la Anunciación del Señor.
- También a las 5 continúa el Taller de Punto  en el Centro de la Anunciación del Señor.

Martes 12
- A las 5 se reúne el Grupo de la Legión de María en los locales de San Mateo.

Miércoles 13 
- A a las 5 en  el templo de la Anunciación del Señor habrá Oración de Silencio, con exposición del Santísimo.

Jueves 14
- A las 6:15 h. tendremos Exposición del Santísimo en la Iglesia de la Anunciación del Señor.
- De 5 a 7 de la tarde sigue el Taller de Guitarra en el centro de la Anunciación del Señor.

Viernes 15
- A las 12 tendremos Eucaristía al finalizar la semana cultural de la Asociación de Jubilados San Juan Bosco en la Iglesia de la Anunciación del Señor.


jueves, 7 de noviembre de 2013

ACTO DE EFFETA EN LA UNIDAD PASTORAL

El pasado martes día 5 de noviembre tuvo lugar en nuestra Unidad Pastoral el tercer momento de una serie de cinco organizados por el foro Effeta y dirigidos a toda la diócesis en el marco del Año de la Fe.
El que se desarrolló en nuestra UP se centró en la Fe que irradia, contagia y atrae.

El acto se dividió en tres partes:
1 - Reflexión - meditación acerca de la Fe que irradia, contagia y atrae, en el templo de San Mateo.
2 - Procesión de la luz.
3-  Lectura de un manifiesto y concierto de música en la Plaza de Barcelona.




























32 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

"Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona"  (Lc 24,39)

Numerosos iconos representan la zarza ardiente como una alusión a la Virgen


Señor Jesús, también a nosotros, como un día a tus discípulos, nos resulta difícil comprender tu anuncio de pasión-muerte-resurrección. También nosotros nos comportamos más como saduceos, buscando de todas las maneras afirmarnos en la vida, que como cristianos capaces de perder la vida por tu causa y por el Evangelio.
Tú, que has venido a darnos a conocer al Dios de la zarza, haznos testigos animosos de tu pascua y lleva a cabo en nosotros la bienaventurada esperanza de estar contigo siempre en la gloria del Reino de Dios, nuestro Padre.


Así pues, resucitará la carne: idéntica, completa e íntegra. Dondequiera que se encuentre, será depositada junto a Dios, por obra del fidelísimo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que restituirá Dios al hombre y el hombre a Dios, el espíritu a la carne y la carne al espíritu: ha unido ya ambos en su persona (…).
Eso que tú consideras un exterminio es una simple partida. No sólo el alma se aleja, sino que también la carne se retira mientras tanto: al agua, al fuego, a los abismos, a las fieras. Cuando parece disolverse así, es como si fuera transfundida en vasos. Si después también los vasos desaparecen, porque se disuelven y son reabsorbidos en lo lortuoso de su madre la tierra, de ésta será formado de nuevo Adán, el cual oirá de Dios estas palabras: «¡Resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros!» (Gn 3,22). Entonces será verdaderamente consciente del mal del que ha escapado y del bien en el que ha confluido. ¿Por qué, alma, sientes odio por la carne? Nadie te es tan prójimo ni a nadie debes amar tanto, después de Dios; nadie es tan hermana tuya, porque también contigo nace ella en Dios (Tertuliano, La resurrección de la carne, 63).



Entre las diferentes formas de la corporeidad existe un abismo imposible de colmar a veces: una piedra no se convierte en pájaro. Otras formas corpóreas, sin embargo, aunque presentan diferencias, están en una relación vital, constituyen las fases de un único desarrollo, como por ejemplo la semilla y la planta que de ella nace. En este caso, el abismo queda superado por el misterio del grano que germina. Sin embargo, para superarlo es necesario lo que Pablo llama «el morir». La semilla debe entrar en la tierra y morir en ella, es decir, perder su forma, a fin de que pueda nacer la nueva planta. Y he aquí el paso: lo mismo sucede en el hombre. También en el hombre está presen- te la corporeidad en dos formas: la terrena y la celestial; de ellas, la primera es semilla de la segunda. También ellas están separadas por la muerte. El cuerpo deberá ser depositado en la tierra y descomponerse; sólo entonces se convertirá en el cuerpo nuevo, celestial. Pero he aquí la diferencia: la planta «nace» verdaderamente «de la semilla», de sus virtualidades y funciones; no así, en cambio, el cuerpo celestial del terrestre. A través de su descomposición, la semilla vive de una manera directa en la nueva planta. El cuerpo humano será resucitado después de la muerte. Aquí domina otro poder, que no brota del interior de la estructura humana, sino de la libertad de Dios (R. Guardini, Le cose ultime, Milán 21997, pp. 69ss).

Lecturas del día:

Vídeo de la semana.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

SIN PALABRAS (2)



DECISIÓN DE CADA UNO

Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos.
Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos”.
Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable.
El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.
Estos tiempos de desesperanza, ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que muchos siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en el fondo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando?
La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que no merece la pena cuidar ya en estos tiempos. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.
Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora?


De  Eclesalia.net

martes, 5 de noviembre de 2013

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

            El 1 de noviembre, en el principal cementerio de Roma, el Papa celebró una Eucaristía. Otra novedad del papa Francisco. En la homilía dijo algo chocante: “hay que echar el ancla en el cielo”. El ancla se tira hacia abajo, como lastre para que el barco no se mueva. Paradójicamente, se nos invita a arrojar nuestra ancla hacia arriba. Se supone que para dejarnos imantar hacia las alturas, hacia lo mejor y trascendente.

            Lo tenemos difícil en los tiempos que corren. Cuando el único horizonte de la vida es el dinero, la honra, el poder... es difícil creer en la resurrección. Instalados en la sociedad de bienestar, la única lucha que parece merecer la pena hoy es defender este bienestar. Que se lo digan si no a los políticos de izquierdas o de derechas.  Son tan seductoras y variadas las ofertas de nuestro mundo que fácilmente sucumbimos a sus encantos. Y dejamos que nuestra barca se enrumbe hacia los cantos de sirena de las satisfacciones presentes. De eso se quejaba Pablo en una de sus cartas. Uno de sus acompañantes lo había dejado solo, “enamorado de este mundo”. Y no es que no tengamos que amar este mundo. ¿Cómo no amarlo cuando es obra y creación de Dios, el amigo de la vida? Lo empobrecedor no es amar el mundo, el presente y disfrutar de él. Lo terrible es cuando ese amor y ese disfrute se convierten en excluyentes. Eso es tanto como castrar lo mejor del ser humano. ¿Habremos  perdido de vista la promesa de la gloria y la imantación fundamental hacia el cielo para vivir y gozar del Dios de la vida en la eternidad?

            Creemos los cristianos en una salida para este mundo de dolor y de pecado. Creemos en una “tierra nueva y un cielo nuevos”, en los que no hay dolor ni lágrimas, porque todo eso es pasado. Cielos y tierra en los que habita la justicia, y se bebe gratis de la fuente de la vida. Porque Dios está en el centro y le veremos “cara a cara”. No significa la fe en la resurrección un desinterés por el mundo y menos aún una “fuga mundi”. Es el mundo, la obra de Dios, el que hay que liberar de la corrupción y el desorden que los humanos hemos introducido en él con nuestro pecado. La fe en la resurrección significa que hay que resucitar cada día, ya desde ahora mismo, a una vida nueva, en que todos los seres y, sobre todo, cada una de las personas sean amados en sí mismos, como Dios las ama, porque son su obra.

            Si no hay resurrección, Dios es un mentiroso y los que creemos en ella unos desgraciados. Así lo dice San Pablo. ¿Es, pues, la resurrección tras la muerte una ilusión humana sin fundamento? ¿Un narcótico para paliar nuestras penas? Así lo han pensado algunos. Pero no es así. Es la promesa firme de Dios, del Dios de vivos y no de muertos, del que puede sacar vida de la muerte. En Él creemos, esperamos y por eso amamos. No es ésta una fe para espíritus débiles. Sólo pueden mantenerla los fuertes, los que están dispuestos a luchar hasta entregar la propia vida para mejorar la de los demás. Porque mantienen una esperanza que no será defraudada.


                                                            JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO

lunes, 4 de noviembre de 2013

SILENCIO Y ESPÍRITU



La oración nos revela la Presencia y cuál es el mejor camino, el más corto, para esa unión inefable que no podremos expresar jamás.
El descubrimiento del silencio, más allá de todo lo exterior, comporta una lucha y la adquisición de un hábito. Los fantasmas que se desencadenan a nuestros pasos pretenden declarar imposible la superación de las circunstancias, fáciles o difíciles, para nuestro fin.
Ahora bien, la convicción de la dimensión sin medida de lo escondido, la certeza de lo que es, es decir del "contenido" profundo, de la profundidad de todas las cosas, del "sentido" que poseen y de que lo no-manifestado es siempre mayor, es ya una ayuda importante para abrir un paso "a través" y aproximarnos al misterio y a la trascendencia. Memoria de lo secreto. Certeza de la Presencia. Aceptación de que lo mayor prefiera celarse... Gusto y alegría en trabajar en la aventura de descubrir... Todo ello es una invitación para dar con lo no sospechado, para alcanzar lo que nos supera: "que ni ojo vio, ni oído oyó..."
La atención a esta dimensión que poco a poco se abre y se proyecta en nuestra peregrinación nos coloca en un camino siempre más alto y más empinado.
La plegaria es, en esta aventura maravillosa, la respiración nuestra. La oración nos revela la Presencia y cuál es el mejor camino, el más corto, para esa unión inefable que no podremos expresar jamás.
En Él, con Él... El Espíritu ora en nosotros, y nos regala su respiro. Participando de Él, viviendo de Él, entraremos en el silencio inefable que supera toda imaginación y todo deseo.

De   El Testigo Fiel



domingo, 3 de noviembre de 2013

AVISOS SEMANA 4 DE NOVIEMBRE

Lunes 4
- A las 4:30 Grupo de Habilidades Sociales en el centro de San Mateo
- En la Eucaristía de las 7:30 de San Mateo el Grupo de Limpieza de la UP celebrará a San Martín de Porres (Fray Escoba).

Martes 5
- A las 8:15 en San Mateo, tercer momento de renovación de la fe (Foro Effeta)

Miércoles 6
- A las 5, Oración de Silencio en la Anunciación.
- También a las 5, se reúne el Grupo de Pastoral de la Salud de la UP en el centro de la Anunciación.

Jueves 7
- A las 5, clases de guitarra de la UP en el centro de la Anunciación.
- A las 8 exposición del Santísimo en San Mateo.

Viernes 8
- Grupo de Formación Bíblica a las 8 en el centro de San Mateo.

sábado, 2 de noviembre de 2013

PARA JESÚS NO HAY CASOS PERDIDOS

Jesús alerta con frecuencia sobre el riesgo de quedar atrapados por la atracción irresistible del dinero. El deseo insaciable de bienestar material puede echar a perder la vida de una persona. No hace falta ser muy rico. Quien vive esclavo del dinero termina encerrado en sí mismo. Los demás no cuentan. Según Jesús, “donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
Esta visión del peligro deshumanizador del dinero no es un recurso del Profeta indignado de Galilea. Diferentes estudios analizan el poder del dinero como una fuerza ligada a pulsiones profundas de autoprotección, búsqueda de seguridad y miedo a la caducidad de nuestra existencia.
Sin embargo, para Jesús, la atracción del dinero no es una especie de enfermedad incurable. Es posible liberarse de su esclavitud y empezar una vida más sana. El rico no es “un caso perdido”. Es muy esclarecedor el relato de Lucas sobre el encuentro de Jesús con un hombre rico de Jericó.
Al atravesar la ciudad, Jesús se encuentra con una escena curiosa. Un hombre de pequeña estatura ha subido a una higuera para poder verlo de cerca. No es desconocido. Se trata de un rico, poderoso “jefe de recaudadores”. Para la gente de Jericó, un ser despreciable, un recaudador corrupto y sin escrúpulos como casi todos. Para los sectores religiosos, “un pecador” sin conversión posible, excluido de toda salvación.
Sin embargo, Jesús le hace una propuesta sorprendente: “Zaqueo, baja en seguida porque tengo que alojarme en tu casa”. Jesús quiere ser acogido en su casa de pecador, en el mundo de dinero y de poder de este hombre despreciado por todos. Zaqueo bajó en seguida y lo recibió con alegría. No tiene miedo de dejar entrar en su vida al Defensor de los pobres.
Lucas no explica lo que sucedió en aquella casa. Sólo dice que el contacto con Jesús transforma radicalmente al rico Zaqueo. Su compromiso es firme. En adelante pensará en los pobres: compartirá con ellos sus bienes. Recordará también a las víctimas de las que ha abusado: les devolverá con creces lo robado. Jesús ha introducido en su vida justicia y amor solidario.
El relato concluye con unas palabras admirables de Jesús: “Hoy ha entrado la salvación en esta casa. También este es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. También los ricos se pueden convertir. Con Jesús todo es posible. No lo hemos de olvidar nadie. El ha venido para buscar y salvar lo que nosotros podemos estar echando a perder. Para Jesús no hay casos perdidos. 


De  Eclesalia.net

viernes, 1 de noviembre de 2013

31 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

"Baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa"  (Lc 19,5).


Acogida. Ésta podría ser la palabra clave de la liturgia de este domingo. Zaqueo es su intérprete. Acoger a Jesús significa para él recibir la salvación de Dios, su amistad y su perdón. Junto con Zaqueo también son artífices de la acogida los tesalonicenses, que han dejado espacio y tiempo al anuncio del Evangelio y que están llamados a preparar el momento de su encuentro con Jesús a través de la fidelidad y la disponibilidad a realizar lo que está bien a los ojos de Dios en un tiempo difícil, en un tiempo en el que sería más conveniente no exponerse con el nombre de cristiano.
Acogida significa, para el libro de la Sabiduría, buscar los caminos para abrirse al diálogo con hombres de diferente origen y cultura, que forman parte de la creación y se encuentran bajo la mirada compasiva de Dios. Su existencia bajo el mismo cielo, querida por el Creador del universo, cancela la distinción entre puro e impuro, entre seres de primera y de segunda categoría, y trae consigo el reconocimiento de una fraternidad universal.
Acogida significa, para nosotros, anular las distancias que nos separan todavía de Jesús. Es demasiado fácil ser espectadores, sentados y sin ser molestados, ante el paso de Jesús. Es mejor bajar y permitir que Jesús nos conozca mejor, entre las paredes de nuestra casa, en las estancias del corazón. Es allí donde nace una relación de amistad y de amor con él, es allí donde nos encontraremos en condiciones de hablarle de nuestra vida. La acogida no es un adorno ni una cuestión de formalidad: es esencial para que nazca una relación cualitativamente diferente con Jesús y con las personas que encontremos. La familiaridad con Jesús nos permite, además, desprendernos de la sed del beneficio, del deseo de riquezas y de las preocupaciones que éstas suscitan (cf. Lc 8,14; 10,38-42): «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (12,34).
Si estamos en condiciones de acoger a Jesús en nuestra vida cotidiana, con opciones concretas de conversión, podremos salirle al encuentro en la gloria, en el momento de su vuelta como Señor y Juez del universo.
                                  

Concédenos, Señor Jesús, la misma gloria que experimentó Zaqueo cuando te recibió en su casa.
Concédenos la alegría de tu perdón y de tu amistad.
Concédenos poder dar con alegría nuestras riquezas a los pobres, ser amigos suyos en el cielo y en la tierra.
Concédenos la alegría de acogerte en el pobre, en el extranjero, en el enfermo, en las personas que no conseguimos soportar.
Concédenos un corazón libre y puro, capaz de amar. Concédenos el tesoro de estar contigo en el Reino del Padre.

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Es cierto que cada uno de nosotros hace bien a su propia alma cada vez que socorre con misericordia las necesidades de los otros. Nuestra beneficencia, por tanto, queridos hermanos, debe ser pronta y fácil, si creemos que cada uno de nosotros se da a sí mismo lo que otorga a los necesitados. Oculta su tesoro en el cielo el que alimenta a Cristo en el pobre. Reconoce en ello la benignidad y la economía de la divina piedad: ha querido que tú estés en la abundancia a fin de que por ti no esté el otro en necesidad y de que por el servicio de tu buena obra liberes al pobre de las necesidades y a ti mismo de la multitud de tus pecados. ¡Oh admirable providencia y bondad del Creador, que ha querido poner en un solo acto la ayuda para dos!
El domingo que viene, por tanto, tendrá lugar la colecta. Exhorto y amonesto a vuestra santidad que os acordéis todos de los pobres y de vosotros mismos y, según las posibilidades de vuestras fuerzas, veáis a Cristo en los necesitados; a Cristo, que tanto nos ha recomendado a los pobres, que nos ha dicho que en ellos vestimos, acogemos y le alimentamos a él mismo (León Magno, Sermones, 6).



Hoy os hablaré de la pobreza. Debemos permanecer fieles, de manera simultánea, al pensamiento mismo de Cristo y a la solicitud concreta de nuestro amor por los que sufren las injusticias y la miseria. Por consiguiente, es a la luz de una comprensión cada vez más profunda del Evangelio, que debemos redescubrir cada día, como debe ir formándose poco a poco en el fondo de nuestro corazón, en nuestros reflejos, en nuestros juicios -en una palabra, en todo nuestro comportamiento-, el verdadero pobrecito de Jesús, tal como él lo desea, tal como él lo quiere. Una pobreza así está llena de alegría y de amor, y debemos esmerarnos en evitar oponer a esta pobreza, que es cosa delicada y divina, una falsificación humana que tal vez tuviera su apariencia, que tal vez pudiera hasta parecer a algunos más «materialmente» auténtica, pero correría el riesgo de resolverse en dureza, en juicios sumarios, en condenas, en desunión, en rupturas de la caridad. Seremos pobres porque el espíritu de Jesús estará en nosotros, porque sabemos que Dios es infinitamente sencillo y pobre de toda posesión y, sobre todo, porque queremos amar como él a los pobres y compartir su condición

Recordad siempre que el amor consuma todo en Dios, que el amor condujo a Cristo a la tierra y que los hombres siempre tienen sed de amor. Si vuestra pobreza no es simplemente unrostro de amor, no es auténticamente divina. Las exigencias de la pobreza no pueden estar por encima de las exigencias de la caridad: desconfiad de las falsificaciones demasiado humanas de la pobreza. La tentación del pobre son la envidia, los celos, la aspereza del deseo, la condena de todos los que poseen más que él.
 (R. Voillaume, Come loro, Cinisello B. 1987, pp. 412ss).

Lecturas del día:

Vídeo de la semana: