El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a
Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas
sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en
la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el
hombre tanto ha de usar dellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe
quitarse dellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos
indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad
de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no
queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor
que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás;
solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos
creados.
ESTA ES UNA PÁGINA CREADA PARA INFORMACIÓN Y LA PARTICIPACIÓN DE TODOS LOS MIEMBROS DE LA UNIDAD PASTORAL DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR Y SAN MATEO DE SALAMANCA. Correo electrónico: bloganunciacion@yahoo.es
miércoles, 31 de julio de 2013
CONTRA LA INSENSATEZ
Cada vez sabemos más de la situación social y económica que
Jesús conoció en la Galilea
de los años treinta. Mientras en las ciudades de Séforis y Tiberíades crecía la
riqueza, en las aldeas aumentaba el hambre y la miseria. Los campesinos se
quedaban sin tierras y los terratenientes construían silos y graneros cada vez
más grandes.
En un pequeño relato, conservado por Lucas, Jesús revela qué
piensa de aquella situación tan contraria al proyecto querido por Dios, de un
mundo más humano para todos. No narra esta parábola para denunciar los abusos y
atropellos que cometen los terratenientes, sino para desenmascarar la
insensatez en que viven instalados.
Un rico terrateniente se ve sorprendido por una gran
cosecha. No sabe cómo gestionar tanta abundancia. “¿Qué haré?”. Su
monólogo nos descubre la lógica insensata de los poderosos que solo viven para
acaparar riqueza y bienestar, excluyendo de su horizonte a los necesitados.
El rico de la parábola planifica su vida y toma decisiones.
Destruirá los viejos graneros y construirá otros más grandes. Almacenará allí
toda su cosecha. Puede acumular bienes para muchos años. En adelante, solo
vivirá para disfrutar:”túmbate, come, bebe y date buena vida”. De forma
inesperada, Dios interrumpe sus proyectos: “Imbécil, esta misma noche, te
van a exigir tu vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”.
Este hombre reduce su existencia a disfrutar de la
abundancia de sus bienes. En el centro de su vida está solo él y su bienestar.
Dios está ausente. Los jornaleros que trabajan sus tierras no existen. Las
familias de las aldeas que luchan contra el hambre no cuentan. El juicio de
Dios es rotundo: esta vida solo es necedad e insensatez.
En estos momentos, prácticamente en todo el mundo está
aumentando de manera alarmante la desigualdad. Este es el hecho más sombrío e
inhumano: ”los ricos, sobre todo los más ricos, se van haciendo mucho más
ricos, mientras los pobres, sobre todo los más pobres, se van haciendo mucho
más pobres” (Zygmunt Bauman).
Este hecho no es algo normal. Es, sencillamente, la última
consecuencia de la insensatez más grave que estamos cometiendo los humanos:
sustituir la cooperación amistosa, la solidaridad y la búsqueda del bien común
de la Humanidad
por la competición, la rivalidad y el acaparamiento de bienes en manos de los más
poderosos del Planeta.
Desde la
Iglesia de Jesús, presente en toda la Tierra , se debería escuchar
el clamor de sus seguidores contra tanta insensatez, y la reacción contra el
modelo que guía hoy la historia humana.
De Eclesalia.net
martes, 30 de julio de 2013
SOBRE UN CUADRO DE SIEGER KÖDER
![]() |
Sieger Köder |
+ “Sólo sabes decir: “No tengo nada que dar.
Soy pobre”. En verdad,
eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre
en humanidad,
pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna” (S.
Basilio)
ª “Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que, en este mundo traidor,
aún primero que muramos las perdemos" J. Manrique.
ª “El hechizo de las bagatelas es muy fuerte”.
Blondel.
ª “La voluntad, recorriendo de un salto todas las aparentes
satisfacciones
que halla, se reencuentra al final ante un vacío más insondable”. Blondel.
(Enviado por José María Yagüe)
GUARDAOS DE TODA CLASE DE CODICIA
¿Es la codicia el peor mal de nuestros tiempos? Junto al
“afán excesivo de riquezas”, el
diccionario de la RAE ,
ofrece una segunda definición de codicia: “deseo vehemente de algunas cosas
buenas”. Y añade otra muy curiosa que tiene que ver con la tauromaquia: la
cualidad del toro que persigue, también con vehemencia, el engaño.
Es decir,
que “toda clase de codicia”, de la que nos previene Jesús, tiene un denominador
común: el exceso, la vehemencia. Justamente ese exceso y esa vehemencia es la
que nos ofusca con frecuencia. Y nos podemos convertir los humanos en toritos
bravos que ciegamente quedamos atrapados por el engaño o los engaños.
No quisiera
yo moralizar a partir de la tragedia de
la curva de Santiago en la que han perdido la vida, de momento, 79 personas y
permanecen, en el día que escribo, otras setenta heridas, veinte de ellas muy
graves. Este hecho se lamenta y bien haremos en rezar y mostrar, de la manera
que sea posible para cada uno, nuestra condolencia y solidaridad con las
víctimas. Lejos de mí también el hacer leña del árbol caído, sea el maquinista
del tren o las empresas públicas gestoras del transporte ferroviario (RENFE y
Adif). Que, al final, ambos serán responsables de uno u otro modo y pagarán las
consecuencias.
Ahora bien,
algo debemos aprender todos de estos hechos. Y yo me pregunto si no padecemos
todos hoy en España de la codicia de la velocidad. Corremos mucho a veces para
llegar a ninguna parte. ¿No estaremos todos corriendo demasiado pero sin timón
y para llegar a ninguna parte?
Por
supuesto, el evangelio nos previene ante todo de la codicia de las riquezas, no
porque éstas sean malas en sí, sino porque el afán excesivo por conseguirlas y
retenerlas nos ha llevado y lleva a empobrecer a otros y a no compartir con los
más necesitados. Pero hoy habrá que señalar con fuerza otros “vehementes deseos”
nada sanos: la competencia en obtener cotas, a costa de lo que sea, en
deportes, en eficacia productiva, en beneficios empresariales, en audiencia...
en todo aquello que nos hace sentir superiores a los demás. Con lo que el ser
humano se convierte en muñeco o marioneta, títere al servicio del beneficio.
Naturalmente de los más listos. Lo dicho por el DRAE: torito ciego que embiste
al trapo. Que para eso está la publicidad.
Claro que
también se da el vicio contrario. El de quienes, hartos de tanta competencia,
velocidad y otras modas, ya sienten lo de “vacuidad de vacuidades y todo
vacuidad”. Ese relativismo que tan bien describe el desconcertante libro
bíblico del Eclesiastés. Como todo da igual, no valen la pena ni el trabajo, ni
el esfuerzo, ni el esmero y delicadeza para realizar bien la tarea de cada día.
Frente al
afán desmedido y el escepticismo paralizante, hay que “buscar los bienes de
arriba”. Con la libertad de espíritu de quien no se deja seducir ni por las
bagatelas de este mundo ni por la mediocridad a la que conduce el “todo es da
igual”.
JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO
lunes, 29 de julio de 2013
HOMILÍA FINAL DE LA JMJ
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Francisco en la Misa de la JMJ Río 2013: “Vayan, sin miedo, para servir” |
Texto completo de la homilía en este enlace:
sábado, 27 de julio de 2013
BLUES Y RELIGION. BLIND LEMON JEFFERSON (7)
Blind Lemon Jefferson nació alrededor de 1893 en una aldea de Texas; de una familia muy pobre de ocho hermanos, y ciego de nacimiento, una de las escasas salidas que tenía para ganarse la vida era la música, de modo que pronto aprendió a tocar la guitarra actuando en fiestas campestres y en calles de pueblos próximos.
Por entonces se relaciona con personajes fundamentales del blues clásico, como Leadbelly y T-BoneWalker, que fueron sus lazarillos en ocasiones y de él aprendieron técnicas que después contribuirían de forma fundamental a su carrera artística.
Va creciendo, su música se hace más poderosa y célebre, y se instala en Dallas en ambientes de juego, prostitución y bebida. Parece ser que el alcohol y las mujeres siempre fueron una fuerte tentación para él, en la que caía muy frecuentemente.
Es descubierto a mediados de los años 20 por la Paramount e inicia su carrera grabando numerosos temas de gran éxito, siempre relacionados con la vida cotidiana. Cantó acerca de la miseria en Broke and Hungry, de la cárcel en Prison cell blues, de la pena de muerte en Electric Chair blues y, cómo no, de proezas sexuales en su famoso Black Snake Moan. Todas estas historias que tratan del racismo, los malos tratos, el vagabundeo o el miedo a lo sobrenatural, están sacadas de sus propias experiencias.
Bajo el seudónimo de Deacon L.J. Bates, grabó varios temas religiosos, tanto al principio como al final de su carrera.
Murió un crudo invierno en Chicago, cuando cargado de alcohol, se despistó una noche de regreso a su casa por las calles vacías y fue hallado congelado al día siguiente.
De su personalidad se cuenta de todo, desde que era un mujeriego y vividor que le daba al alcohol, a la de un hombre piadoso que se negaba a actuar en domingo. Posiblemente de todo había.
Escuchemosle en All I want is a pure religion, en la que habla de la necesidad de una auténtica conversión (al final de la vida, claro), cuando ya la muerte se siente cercana.
http://www.youtube.com/watch?v=lTgLLcmPDWw
viernes, 26 de julio de 2013
TRES LLAMADAS DE JESÚS
“Yo os digo: Pedid y se os dará. Buscad y hallaréis. Llamad
y se os abrirá”. Es fácil que Jesús haya pronunciado estas palabras cuando se
movía por las aldeas de Galilea pidiendo algo de comer, buscando acogida y
llamando a la puerta de los vecinos. Él sabía aprovechar las experiencias más
sencillas de la vida para despertar la confianza de sus seguidores en el Padre
Bueno de todos.
Curiosamente, en ningún momento se nos dice qué hemos de
pedir o buscar ni a qué puerta hemos de llamar. Lo importante para Jesús es la
actitud. Ante el Padre hemos de vivir como pobres que piden lo que necesitan
para vivir, como perdidos que buscan el camino que no conocen bien, como
desvalidos que llaman a la puerta de Dios.
Las tres llamadas de Jesús nos invitan a despertar la
confianza en el Padre, pero lo hacen con matices diferentes.“Pedir” es la
actitud propia del pobre. A Dios hemos de pedir lo que no nos podemos dar a
nosotros mismos: el aliento de la vida, el perdón, la paz interior, la
salvación. “Buscar” no es solo pedir. Es, además, dar pasos para
conseguir lo que no está a nuestro alcance. Así hemos de buscar ante todo el
reino de Dios y su justicia: un mundo más humano y digno para todos. “Llamar” es
dar golpes a la puerta, insistir, gritar a Dios cuando lo sentimos lejos.
La confianza de Jesús en el Padre es absoluta. Quiere que
sus seguidores no lo olviden nunca: “el que pide, está recibiendo; el que
busca, está hallando y al que llama, se le abre”. Jesús no dice que reciben
concretamente lo que están pidiendo, que encuentran lo que andan buscando o que
alcanzan lo que gritan. Su promesa es otra: a quienes confían en él, Dios se
les da; quienes acuden a él, reciben “cosas buenas”.
Jesús no da explicaciones complicadas. Pone tres ejemplos
que pueden entender los padres y las madres de todos los tiempos. “¿Qué padre o
qué madre, cuando el hijo le pide una hogaza de pan, le da una piedra de forma redonda
como las que pueden ver por los caminos? ¿O, si le pide un pez, le dará una de
esas culebras de agua que a veces aparecen en las redes de pesca? ¿O, si le
pide un huevo, le dará un escorpión apelotonado de los que se ven por la orilla
del lago?
Los padres no se burlan de sus hijos. No los engañan ni les
dan algo que pueda hacerles daño sino “cosas buenas”. Jesús saca
rápidamente la conclusión: “Cuánto más vuestro Padre del cielo dará su Espíritu
Santo a los que se lo pidan”. Para Jesús, lo mejor que podemos pedir y recibir
de Dios es su Aliento que sostiene y salva nuestra vida.
De Eclesalia.net
jueves, 25 de julio de 2013
17 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Entonces
Abrahán se acercó al Señor y le dijo: “¿Vas a hacer que perezca…” (Gn 18,23)
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Déesis rusa, siglo XVI |
Principalmente empleada en el Arte bizantino y posteriormente en el románico, gótico y ortodoxo, generalmente la Déesis (en griego, δέησις),
"plegaria", "intercesión" o "súplica", es una representación iconográfica
tradicional de Cristo Majestad (Pantocrátor) entronizado, llevando un libro y
flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista, acompañado a veces por ángeles y santos. En otras ocasiones, también
se representa a Cristo en la Cruz, pero siempre acompañado de su Madre y de San Juan.
Tanto la Virgen María como San Juan
Bautista y otros personajes que pueden acompañarlos tienen sus rostros mirando
al Señor con sus manos en posición de súplica en nombre de la humanidad.
El Padre nuestro y la oración de intercesión nos invitan a dirigir la mente y el corazón a Dios y a los
hombres y mujeres amigos suyos y nuestros. El amigo que va a casa de un amigo a
interceder a media noche en favor de otro amigo representa «una gran nube» de
intercesores (Heb 12,1): entre éstos sobresalen Abrahán (Gn 18), Moisés y
Samuel (Ex 32,11-13; Jr 15,1), Jeremías (2 Mac 15,14) y, sobre todo, Jesús, que
«está siempre vivo para interceder en favor nuestro» (Heb 7,25).
La oración de intercesión es un excelente modo de hacerse prójimo. El buen samaritano, para salvar la situación del pobrecillo «medio muerto», no sólo «se ocupó de él» en primera persona, sino que recurrió también al mesonero, diciéndole: «Cuida de él» (Lc 10,33-35). Los santos, al ejercer esta caridad, «no cesan de interceder por nosotros ante el Padre» (LG 49). La santísima Virgen, en particular, continúa en el cielo la función que ejerció en Caná, donde «movida a compasión obtuvo con su intercesión» que su Hijo viniera en ayuda de los esposos: «No les queda vino» (Jn 2,3; cf. LG 58). El fundamento de la intercesión es la amistad con Dios, considerado como Alguien que está siempre dispuesto a escucharnos: el Padre que, además de las «cosas buenas», nos quiere ofrecer el don por excelencia del Espíritu Santo, el amigo que no despide con las manos vacías al amigo importuno, «el juez, de toda la tierra» que remite los pecados sin poner límites a la misericordia.
La oración de intercesión es un excelente modo de hacerse prójimo. El buen samaritano, para salvar la situación del pobrecillo «medio muerto», no sólo «se ocupó de él» en primera persona, sino que recurrió también al mesonero, diciéndole: «Cuida de él» (Lc 10,33-35). Los santos, al ejercer esta caridad, «no cesan de interceder por nosotros ante el Padre» (LG 49). La santísima Virgen, en particular, continúa en el cielo la función que ejerció en Caná, donde «movida a compasión obtuvo con su intercesión» que su Hijo viniera en ayuda de los esposos: «No les queda vino» (Jn 2,3; cf. LG 58). El fundamento de la intercesión es la amistad con Dios, considerado como Alguien que está siempre dispuesto a escucharnos: el Padre que, además de las «cosas buenas», nos quiere ofrecer el don por excelencia del Espíritu Santo, el amigo que no despide con las manos vacías al amigo importuno, «el juez, de toda la tierra» que remite los pecados sin poner límites a la misericordia.
Vídeo de la semana:
Lecturas del día:
martes, 23 de julio de 2013
SOBRE LA ORACIÓN
¿Comete Dios
delito de “tráfico de influencias”? ¿Tendría que ser condenado por los jueces
humanos por atender a las “recomendaciones” de sus amigos? Las preguntas
parecen de broma pero no son broma. De hecho, algunos sabios teólogos cuestionan
la pertinencia de la oración de petición. A pesar de
ellos, Jesús enseña a pedir a sus discípulos. Y la Iglesia siempre nos ha
enseñado a pedir y a rezar dirigiéndole súplicas a Dios. ¿Es que no sabe Dios
lo que necesitamos antes de que se lo pidamos?
Por
supuesto que Dios sabe lo que necesitamos y también hay que dar como hecho
incontrastable que nuestras oraciones no pueden modificar el designio de Dios.
Entonces, ¿para que gastar tiempo en pedirle cosas a Dios? ¿Cómo se explica,
por otra parte, que Jesús insista, tras enseñar el Padre Nuestro, que hemos de
rogar una y otra vez, con perseverancia, hasta “cansar a Dios”?
Estas
preguntas tienen dos respuestas. Una primera, más sencilla, y la otra,
relacionada con la primera, pero un poquito más complicada. Vamos con ellas.
La primera
respuesta a las cuestiones arriba planteadas es que la oración de súplica no es
para convencer a Dios sino para convencernos a nosotros mismos de lo que
necesitamos de verdad. Con lo cual nos predispone a trabajar con más
insistencia para obtener los dones que necesitamos: glorificar a Dios y no a
nosotros mismos, trabajar por el Reino que es justicia y paz, hacer la voluntad
de Dios y no nuestro capricho, compartir cada día el pan con el necesitado sin
acaparar lo innecesario, aprender a perdonar y acoger el perdón de Dios y de
los demás, y no meternos en líos que acabarán con daño para nosotros y para los
demás.
Tenemos
derecho a esperar todo esto como don de Dios. Pero con tal de que lo trabajemos
con ganas en el quehacer de cada día. A eso habría que añadir, con San Agustín,
que las súplicas a Dios son necesarias para ensanchar nuestro corazón y dar más
espacio en él a los dones de Dios, liberándonos de los caprichos de las modas y
del materialismo rampante que nos acosa. También para acoger y aceptar los
dones de Dios y hacerlos fructificar. Sobre todo, el don supremo que es el
Espíritu Santo.
La otra
respuesta, relacionada con la primera y un poquito más complicada, es que en el
Padre nuestro Jesús nos enseña no sólo lo que tenemos que pedir y desear, sino cómo
y desde que actitudes del corazón hemos de orar. En síntesis, podemos asegurar
que no podemos relacionarnos con Dios desde el orgullo y la autosuficiencia.
Que la oración requiere sabernos necesitados y dependientes. Que no podemos
anteponer nuestra voluntad a la de Dios, quien nunca es un tapa-agujeros de
nuestras limitaciones. Que creer en Dios y en su ayuda supone ser solidarios y
desear tanto el pan de los demás como el propio. Que quien acoge el perdón,
ofrecido siempre por Dios, indefectiblemente perdona a los demás. Ah! Y que si
no queremos hacernos mal no hay que meterse en líos (tentaciones, los llama el
Evangelio) y ser limpios en las intenciones. Amén.
JOSÉ
MARÍA YAGÜE
jueves, 18 de julio de 2013
16 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
"Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas
cosas" (Lc 10,41)
Intentemos profundizar en los principales mensajes que nos
comunican la primera lectura y el evangelio y tratemos de actualizarlos. Se
trata de relatos de hospitalidad, y entre ellos hay diferencias y semejanzas.
Una diferencia que se aprecia a simple vista es que los huéspedes aprueban el
servicio de Abrahán: «Haz como has dicho» (Gn 18,5); el de Marta, sin
embargo, se atrae una reprensión. La semejanza es que en ambos casos el huésped
no sólo recibe, sino que aporta también un don: promete un hijo a Abrahán y
Sara, y ofrece su palabra en Betania. Recibir al Señor Jesús en nuestra «casa»
no significa sólo prestarle «muchos servicios», sino también -antes
que nada- dejarle hablar y recibir el don de su Palabra.
La hospitalidad tiene que ser ofrecida también en nombre de
Jesús a los hombres con quienes él se identifica: «Fui forastero y me
hospedasteis» (Mt 25,35), «No olvidéis la hospitalidad» (Heb
13,2). Hay que dar la oportunidad no sólo de dar, sino también de recibir. ¿Qué
ocasiones tenemos?
Las dos hermanas han sido consideradas como dos tipos de
vida: activa y contemplativa. En realidad, son más bien ejemplos concretos que
ilustran el tercer y cuarto tipos de terrenos de la parábola del sembrador. La
«preocupación» y la «agitación» de Marta recuerdan «la semilla que cayó
entre cardos», o sea, «los que escuchan el mensaje, pero luego se ven
atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no
llegan a la madurez» (cf. Lc 8,14). La «mejor parte» de María
nos recuerda, en cambio, «la semilla que cayó en tierra buena», o
sea, «a los que, después de escuchar el mensaje con corazón noble y
generoso, lo retienen y dan fruto por su constancia» (Lc 8,15). ¿Dónde se
sitúa nuestro modo de vivir, en el tercero o en el cuarto tipo de terreno?
Vídeo de la semana:
Lecturas del día:
miércoles, 17 de julio de 2013
NADA HAY MÁS NECESARIO
El episodio es algo sorprendente. Los discípulos que
acompañan a Jesús han desaparecido de la escena. Lázaro, el hermano de Marta y
María, está ausente. En la casa de la pequeña aldea de Betania, Jesús se
encuentra a solas con dos mujeres que adoptan ante su llegada dos actitudes
diferentes.
Marta, que sin duda es la hermana mayor, acoge a Jesús como
ama de casa, y se pone totalmente a su servicio. Es natural. Según la
mentalidad de la época, la dedicación a las faenas del hogar era tarea
exclusiva de la mujer. María, por el contrario, la hermana más joven, se sienta
a los pies de Jesús para escuchar su palabra. Su actitud es sorprendente pues
está ocupando el lugar propio de un “discípulo” que solo correspondía a los
varones.
En un momento determinado, Marta, absorbida por el trabajo y
desbordada por el cansancio, se siente abandonada por su hermana e
incomprendida por Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya
dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. ¿Por qué no manda a su
hermana que se dedique a las tareas propias de toda mujer y deje de ocupar el
lugar reservado a los discípulos varones?
La respuesta de Jesús es de gran importancia. Lucas la
redacta pensando probablemente en las desavenencias y pequeños conflictos que
se producen en las primeras comunidades a la hora de fijar las diversas tareas: “Marta,
Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María
ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.
En ningún momento critica Jesús a Marta su actitud de
servicio, tarea fundamental en todo seguimiento a Jesús, pero le invita a no
dejarse absorber por su trabajo hasta el punto de perder la paz. Y recuerda que
la escucha de su Palabra ha de ser lo prioritario para todos, también para las
mujeres, y no una especie de privilegio de los varones.
Es urgente hoy entender y organizar la comunidad cristiana
como un lugar donde se cuida, antes de nada, la acogida del Evangelio en medio
de la sociedad secular y plural de nuestros días. Nada hay más importante. Nada
más necesario. Hemos de aprender a reunirnos mujeres y varones, creyentes y
menos creyentes, en pequeños grupos para escuchar y compartir juntos las
palabras de Jesús.
Esta escucha del Evangelio en pequeñas “células” puede ser
hoy la “matriz” desde la que se vaya regenerando el tejido de nuestras
parroquias en crisis. Si el pueblo sencillo conoce de primera mano el Evangelio
de Jesús, lo disfruta y lo reclama a la jerarquía, nos arrastrará a todos hacia
Jesús.
De Eclesalia.net
martes, 16 de julio de 2013
EL HIJO DE LA HOSPITALIDAD
Le pasó a
Abraham. Recibió en su tienda a tres misteriosos personajes, les ofreció un
espléndido banquete y, al marcharse, le dejaron la promesa de un hijo. La
bendición entró en su casa de la mano de la generosa acogida, de la
hospitalidad.
Jesús fue
acogido por Marta y ella se desvivía para servirlo. Todos los esfuerzos eran
poco para ofrecerle todo lo mejor con lo que se quiere obsequiar al amigo. No
da abasto. Por eso se queja de la hermana que, descuidando al parecer los deberes
hospitalarios, se ha puesto a los pies del Señor para escuchar lo que sale de
su boca. Hay una nueva manera de ser hospitalarios, de acoger: escuchar. A
juzgar por la sentencia de Jesús, ésta es más importante y decisiva.
Aprendemos
así que antes de dar hemos de recibir. Recibir a la persona, acogerla,
escucharla. Esto es lo más difícil. Generalmente nos ponemos a la defensiva por
temor a lo que nos pueda pedir, a que nos desestabilice. Es la acogida al Otro,
por la fe y la confianza, lo que fundamenta una relación nueva y creadora. “El
creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a
este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo”. Así
acaba de escribir Francisco I en la novísima Encíclica Lumen fidei.
Estos
personajes bíblicos, Abraham, Marta, María se dilatan más allá de sí mismos.
Son padres y madres con un largo recorrido histórico. Abraham, a través del
hijo de la promesa, es el padre de una multitud de pueblos. Es modelo de fe
para todos los creyentes. No puede entenderse la historia judeo-cristiana sin
Abraham. Pero todo tiene su origen en la acogida de aquellos tres personajes
misteriosos, a los que escucha, cree y recrea en una cena enamorada.
Marta y
María serán las dos primeras creyentes en Jesús. “Sí, Señor, yo creo que tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”, confiesa
Marta. Y María correrá a anunciar a los apóstoles que ha visto al Señor
resucitado, tras haberle visto morir a los pies de la cruz.
Las
lecturas de este próximo domingo ofrecen diversos rasgos de esta hospitalidad
creadora. En nuestra sociedad, la sospecha y la desconfianza nos están
impidiendo acoger al hermano, escuchar, confiar, en definitiva, amar.
Hemos
sustituido la franca y recíproca acogida personal por la desconfianza. Ésta nos
hace frágiles y débiles. Los dedos se nos vuelven huéspedes. Sí, hay mucha
corrupción entre nosotros. Pero ya “todos los políticos son corruptos”. ¡Qué
tremendo vacío se abre sobre nosotros con la inestabilidad política, producto
directo de la desconfianza de unos sobre otros!
No
saldremos de ninguna crisis, mientras no recuperemos la confianza para
acogernos unos a otros –lo que no impide la crítica y la autocrítica-. Sólo la
acogida fraternal nos hace padres y madres, dilatándonos a nosotros mismos.
JOSÉ MARÍA YAGÜE CUADRADO
domingo, 14 de julio de 2013
LA GLOBALIZACION DE LA INDIFERENCIA
Texto completo de la homilía de Francisco en la misa en
Lampedusa, el pasado día 8 de julio, a donde fue para rezar y depositar una corona de flores
en el mar por los inmigrantes muertos.
«Inmigrantes muertos en el mar, desde esas barcas que en
lugar de ser una vía de esperanza han sido una vía de muerte». Así es el
titular de los periódicos. Cuando hace algunas semanas he conocido esta
noticia, que lamentablemente tantas veces se ha repetido, mi pensamiento ha
vuelto a esto continuamente como una espina en el corazón que causa
sufrimiento.
Y entonces he sentido que debía venir aquí hoy a rezar, a
realizar un gesto de cercanía, pero también a despertar nuestras conciencias
para que lo que ha sucedido no se repita, no se repita, por favor.
Pero antes, quisiera decir una palabra de sincera gratitud y
de aliciente a ustedes, habitantes de Lampedusa y Linosa, a las asociaciones, a
los voluntarios y a las fuerzas de seguridad, que han mostrado y muestran
atención a las personas en su viaje hacia algo mejor. Ustedes son una pequeña
realidad, ¡pero ofrecen un ejemplo de solidaridad!
Gracias también al Arzobispo Mons. Francesco Montenegro, por
su ayuda, su trabajo y su cercanía pastoral. Gracias también a la señora Giusy
Nicolini, alcaldesa, por lo que hace.
Dirijo un pensamiento a los queridos inmigrantes musulmanes que
están comenzando el ayuno de Ramadán, con el deseo de abundantes frutos
espirituales. La Iglesia está cerca de ustedes en la búsqueda de una vida más
digna para ustedes y para sus familias. ¡A ustedes “O’ scia’!”
Esta mañana, a la luz de la Palabra de Dios que hemos
escuchado, quisiera proponer algunas palabras que, sobre todo, despierten la
conciencia de todos, impulsen a reflexionar y a cambiar concretamente ciertas
actitudes.
“¿Adán, dónde estás?”: es la primera pregunta que Dios
dirige al hombre después del pecado. “¿Dónde estás?”. Es un hombre desorientado
que ha perdido su lugar en la creación porque cree que puede volverse potente,
que puede dominar todo, que puede ser Dios. Y la armonía se rompe, el hombre se
equivoca y esto se repite también en la relación con el otro que ya no es el
hermano al que hay que amar, sino sencillamente el otro que disturba mi vida,
mi bienestar. Y Dios hace la segunda pregunta: “Caín, ¿dónde está tu hermano?”.
El sueño de ser poderoso, de ser grande como Dios, es más, de ser Dios, lleva a
una cadena de equivocaciones que es cadena de muerte, ¡conduce a derramar la
sangre del hermano!
¡Estas dos preguntas de Dios resuenan también hoy, con toda
su fuerza! Muchos de nosotros, también yo me incluyo, estamos desorientados, ya
no estamos atentos al mundo en que vivimos, no cuidamos, no custodiamos lo que
Dios ha creado para todos y ya no somos capaces ni siquiera de custodiarnos
unos a otros. Y cuando esta desorientación adquiere las dimensiones del mundo,
se llega a las tragedias como a la que hemos asistido.
“¿Dónde está tu hermano?, la voz de su sangre grita hasta
mí”, dice Dios. Esta no es una pregunta dirigida a los demás, es una pregunta
dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Esos hermanos y hermanas nuestros
trataban de salir de situaciones difíciles para encontrar un poco de serenidad
y de paz; buscaban un lugar mejor para ellos y para sus familias, pero han
encontrado la muerte.
¡Cuántas veces aquellos que buscan esto no encuentran
comprensión, acogida, solidaridad!
¡Y sus voces suben hasta Dios!
Y una vez más a ustedes, habitantes de Lampedusa les
agradezco su solidaridad.
He escuchado recientemente a uno de estos hermanos. Antes de
llegar aquí han pasado por las manos de los traficantes. Esos que explotan la
pobreza de los demás. Esa gente que hace de la pobreza de los demás su propia
fuente de ganancia. ¡Cuánto han sufrido... y algunos no han logrado llegar!
“¿Dónde está tu hermano?”. ¿Quién es el responsable de esta
sangre?
En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega
que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuenteovejuna matan al Gobernador
porque es un tirano, y lo hacen de modo que no se sepa quién ha realizado la
ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: “¿Quién ha asesinado al Gobernador?”,
todos responden: “Fuenteovejuna, Señor”. ¡Todos y nadie!
También hoy esta pregunta surge con fuerza: ¿Quién es el
responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros
respondemos así: no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente
no yo. Pero Dios pregunta a cada uno de nosotros: “¿Dónde está la sangre de tu
hermano que grita hasta mí?”
Hoy nadie se siente responsable de esto; hemos perdido el
sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del
sacerdote y del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen
Samaritano: miramos al hermano medio muerto en el borde del camino, quizá
pensamos “pobrecito”, y continuamos por nuestro camino, no es tarea nuestra; y
con esto nos tranquilizamos y nos sentimos bien. La cultura del bienestar, que
nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de
los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada,
son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia
los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de
la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos
habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un
asunto nuestro!
Vuelve la figura del Innominado de Manzoni. La globalización
de la indiferencia nos hace a todos “innominados”, responsables sin nombre y
sin rostro.
“¿Adán dónde estás?”, “¿dónde está tu hermano?”, son las dos
preguntas que Dios hace al inicio de la historia de la humanidad y que dirige
también a todos los hombres de nuestro tiempo, también a nosotros.
Pero yo querría que nos hiciéramos una tercera pregunta:
“¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?”. ¿Quién
ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por
estas personas que estaban en la barca? ¿Por las jóvenes mamás que llevaban a
sus niños? ¿Por estos hombres que deseaban algo para sostener a sus propias
familias?
Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del
llorar, del “padecer con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado
la capacidad de llorar!
En el Evangelio hemos escuchado el grito, el llanto, el gran
lamento: “Raquel llora a sus hijos… porque ya no están”. Herodes ha sembrado
muerte para defender su propio bienestar, su propia pompa de jabón. Y esto
sigue repitiéndose… Pidamos al Señor que borre lo que queda de Herodes también
en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar sobre nuestra
indiferencia, sobre la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en
aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren el
camino a dramas como este. ¿Quién ha llorado? ¿Quién ha llorado? ¿Quién ha
llorado hoy en el mundo?”
Señor, en esta Liturgia, que es una Liturgia de penitencia,
pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas, te
pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado, se ha encerrado en su propio
bienestar que lleva a la anestesia del corazón, te pedimos perdón por aquellos
que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a
estos dramas. ¡Perdón Señor!
Señor, que escuchemos también hoy tus preguntas: ¿“Adán,
dónde estás?”, “¿dónde está la sangre de tu hermano?”
viernes, 12 de julio de 2013
15 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
"Haz esto y vivirás" - "Vete y haz tú lo mismo" (Lc
10,28.37)
La primera lectura está armonizada con la del evangelio: en
ambas podemos recoger dos mensajes para profundizar en ellos y actualizarlos.
El primero es el de la proximidad. El texto del Deuteronomio afirma
que la Palabra
de Dios se ha hecho «próxima», se ha hecho accesible y practicable.
El mandamiento de amar al prójimo está cerca del corazón del hombre; de hecho,
lo comprende y lo pone en práctica hasta un samaritano, aunque no reconozca más
que una parte de la
Escritura (el Pentateuco) y sea considerado por los judíos
como alguien medio pagano, mientras que, de manera extraña, en la observancia
de este mandamiento se muestra inseguro el maestro de la Ley y fallan del todo el
sacerdote y el levita, que anteponen la pureza legal (cf. Lv 22,4-7)
a la ayuda a una persona. Por otra parte, la parábola del buen samaritano da la
vuelta a la idea de prójimo: no se trata de alguien que se acerca a ti, sino de
que tú debes acercarte al necesitado. El momento de tomar la iniciativa no
depende del carné de identidad del otro, sino de tu capacidad de «compasión».
El principio de la proximidad no está fuera, sino dentro de nosotros. Las
ocasiones de actualizarlo se nos presentan de continuo.
![]() |
Como a ti mismo... |
Un segundo mensaje que se desprende de las dos lecturas está
en el nexo entre la observancia de los mandamientos, en particular el
de la caridad, y la vida. En el fragmento del Deuteronomio, la vida
es la de este mundo, sostenida por la abundancia de los bienes materiales, en
los que se reconoce de modo concreto la bendición de Dios. En cambio, en el
evangelio la pregunta versa sobre la vida eterna, una vida cualificada por la
comunión con Dios, antes que por su duración perenne. En ambos casos, el camino
de la vida pasa por la observancia del doble mandamiento de amar a Dios y al
prójimo. Si en otro lugar se dice que la vida nace del amor que recibimos, aquí
se afirma que la vida se desarrolla en virtud del amor que somos capaces de
dar. Quien quiera plenitud de vida sabe ahora cómo alcanzarla y puede
examinarse sobre su camino: si ha seguido los pasos del buen samaritano o los
del sacerdote y el levita.
Proyectando la luz de estos mensajes sobre nuestra vida,
podemos ver las realizaciones positivas, las ocasiones en las que nos hemos
hecho prójimos y otras en las que tal vez han prevalecido en nosotros el
cierre, la discriminación, el miedo a ser molestados por aquel que con
distintas necesidades esperaba nuestra ayuda. Demos gracias al Señor por el
bien que hayamos hecho y pidámosle perdón por las omisiones. Invoquemos al
Espíritu Santo, que «da la vida» y es fuente del amor, para que abra nuestros
ojos y nos demos cuenta de los necesitados, para que nos inspire las
iniciativas adecuadas y dé fuerza de amor a nuestro corazón para llevarlas a
cabo. Y, sobre todo, elevemos una oración de alabanza al Señor, que nos ha
revelado el camino de la vida y ha suscitado en la historia de la Iglesia todo un ejército
de santos y santas que han seguido el ejemplo del buen samaritano.
Vídeo de la semana:
Lecturas del día:
miércoles, 10 de julio de 2013
NO PASAR DE LARGO
“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Esta
es la herencia que Jesús ha dejado a la humanidad. Para comprender la
revolución que quiere introducir en la historia, hemos de leer con atención su
relato del “buen samaritano”. En él se nos describe la actitud que hemos de
promover, más allá de nuestras creencias y posiciones ideológicas o religiosas,
para construir un mundo más humano.
En la cuneta de un camino solitario yace un ser humano,
robado, agredido, despojado de todo, medio muerto, abandonado a su suerte. En
este herido sin nombre y sin patria resume Jesús la situación de tantas
víctimas inocentes maltratadas injustamente y abandonadas en las cunetas de
tantos caminos de la historia.
En el horizonte aparecen dos viajeros: primero un sacerdote,
luego un levita. Los dos pertenecen al mundo respetado de la religión oficial
de Jerusalén. Los dos actúan de manera idéntica: “ven al herido, dan un
rodeo y pasan de largo”. Los dos cierran sus ojos y su corazón, aquel hombre no
existe para ellos, pasan sin detenerse. Esta es la crítica radical de Jesús a
toda religión incapaz de generar en sus miembros un corazón compasivo. ¿Qué
sentido tiene una religión tan poco humana?
Por el camino viene un tercer personaje. No es sacerdote ni
levita. Ni siquiera pertenece a la religión del Templo. Sin embargo, al llegar, “ve
al herido, se conmueve y se acerca”. Luego, hace por aquel desconocido todo lo
que puede para rescatarlo con vida y restaurar su dignidad. Esta es la dinámica
que Jesús quiere introducir en el mundo.
Lo primero es no cerrar los ojos. Saber “mirar” de manera
atenta y responsable al que sufre. Esta mirada nos puede liberar del egoísmo y
la indiferencia que nos permiten vivir con la conciencia tranquila y la ilusión
de inocencia en medio de tantas víctimas inocentes. Al mismo tiempo,
“conmovernos” y dejar que su sufrimiento nos duela también a nosotros.
Lo decisivo es reaccionar y “acercarnos” al que sufre, no
para preguntarnos si tengo o no alguna obligación de ayudarle, sino para
descubrir de cerca que es un ser necesitado que nos está llamando. Nuestra
actuación concreta nos revelará nuestra calidad humana.
Todo esto no es teoría. El samaritano del relato no se
siente obligado a cumplir un determinado código religioso o moral.
Sencillamente, responde a la situación del herido inventando toda clase de
gestos prácticos orientados a aliviar su sufrimiento y restaurar su vida y su
dignidad. Jesús concluye con estas palabras. “Vete y haz tú lo mismo”.
De Eclesalia.net
martes, 9 de julio de 2013
TRES MOMENTOS DEL AMOR CRISTIANO
El evangelio que se proclamará el próximo domingo es de los
más conocidos. Todo el mundo sabe de qué va lo del buen samaritano. Al menos
eso espero, porque es tal la ignorancia actual en materia religiosa que con
frecuencia nos llevamos sorpresas. ¿Han advertido cómo tropiezan en asuntos
religiosos los admirables concursantes televisivos?
Pues bien, esta parábola del Buen Samaritano tiene tres momentos superinteresantes,
descritos con tres verbos: ver, acercarse, cuidar. Como dice la primera lectura
de la misa del mismo domingo, “el mandamiento no está lejos, está en tu mente y
en tu corazón”; es más que sencillo, no hay que subir a las cumbres o bajar a
los abismos para conocer el mandamiento de Dios. Más que probable es, sin
embargo, que falte el interés por conocer ese mandamiento. Y así nos va. Nos
habitan la insolidaridad, la ausencia de la compasión y la indiferencia ante el
dolor. También a
nosotros se nos hace la pregunta de Dios a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Frente
a la “globalización de la indiferencia”, Jesús propone tres actitudes
reflejadas en tres verbos: ver, acercarse, cuidar. Siempre tuvo actualidad el
mandamiento del amor, pero hoy se ha vuelto imprescindible para salvar las
relaciones humanas y hacer posible la convivencia en justicia.
Ante la
pavorosa crisis económica que afecta a los de lejos y ahora también a los de
cerca, lo más cómodo (¿también lo más común?) es mirar para otro lado y dar el
consabido rodeo: los políticos tienen la culpa, que lo arreglen ellos; no es de
nuestra competencia. “Eso no es posible”, acaba de gritar el Papa. No es
posible en esta situación ver a un cura o a una monja con un coche último
modelo.
Pero eso
vale para todos, no sólo para los curas. En la isla de Lampedusa, puerta de
Europa para pateras que llegan o no desde África, el Papa Francisco acaba de
decir: “Hoy nadie se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la
responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y
del servidor del altar, del que habla Jesús en la parábola del Buen Samaritano:
miramos al hermano medio muerto en el borde del camino, quizá pensamos
"pobrecito", y continuamos por nuestro camino, no es tarea nuestra; y
con esto nos tranquilizamos y nos sentimos bien. La cultura del bienestar, que
nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de
los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada,
son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio, que lleva a la indiferencia hacia
los demás, es más lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de
la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos
habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un
asunto nuestro!”.
Basta ya.
Retomemos todos el Evangelio: Mirar para ver. No pasar de largo, acercarse al
que sufre, sea de lo que sea. Y cargar con el medio muerto para cuidar de él. Sólo
el amor inteligente y compasivo, tierno y eficaz a la vez, sacará a este mundo
nuestro de la postración y nos salvará a nosotros mismos, de la indiferencia,
el hastío y la estupidez colectiva en que estamos inmersos.
José María Yagüe
lunes, 8 de julio de 2013
¿ARRIESGAMOS LO SUFICIENTE?
“El verdadero obstáculo para una vida interior es el temor
de perderse. Llamo perderse al fracaso como ser humano: no ser tomado en
consideración, resultar raro y diferente, no tener el amor de una mujer ni el
respeto de unos hijos, carecer de bienes y amigos, quedarse solo,
incomprendido, perder lo que se ha ganado, ir a menos, desperdiciar la vida, no
ser nadie… Sin correr el riesgo a que todo esto suceda, y sin que suceda de
hecho de alguna forma, no se puede perseverar en el camino de la vida interior.
En algún momento se capitula. Una vida empieza a ser interesante cuando hay
alguien que ante ella se pregunta: pero ¿no estará derrochando sus facultades?
Pero ¿no será un desperdicio lo que hace? Si una vida no suscita en alguien
esta pregunta es que el sendero por el que transcurre es demasiado
convencional. No es que lo convencional sea pernicioso, claro; pero nunca,
nunca es el camino de Dios. Cualquier vida guiada por Dios resulta siempre
excepcional”
“El olvido de sí” .-Pablo d´Ors.- Pág. 184.-
(Enviado por Miguel Ruano)
jueves, 4 de julio de 2013
14 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
"Lo que importa es ser una nueva criatura" (Gal 6,15)
Un día, los apóstoles, al volver de la misión a la que les
había enviado el Señor, le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos
someten en tu nombre». El Señor los vio tentados de soberbia por el poder
taumatúrgico recibido y, como era médico y había venido a curar nuestras
hinchazones y a llevar nuestras debilidades, dijo de inmediato:«No os alegréis
de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres
estén escritos en el cielo». No todos los cristianos, por muy buenos que sean,
están en condiciones de expulsar a los demonios; sin embargo, todos tienen
escrito su nombre en el cielo; y Cristo quiso que gozaran no por el privilegio
personal que cada uno tenía, sino por su salvación conseguida junto con todos
los otros. Ningún fiel tendría esperanza de salvarse si su nombre no estuviera
escrito en el cielo. Ahora, en el cielo, están escritos los nombres de todos
los fieles que aman a Cristo, que caminan con humildad por el camino de Cristo,
es decir, el que nos enseñó haciéndose humilde. Toma al más insignificante que
haya en la Iglesia: si cree en Cristo, si ama a Cristo y ama su paz, ése tiene
su nombre escrito en el cielo, sea quien sea y por muy indeterminado que lo
dejes. ¿Existe, pues, semejanza entre éste y los apóstoles que hicieron tantos
milagros? ¡Y no sólo eso! Los apóstoles fueron reprendidos por haber gozado de
un favor que tenían en propiedad, y recibieron la orden de gozar por un bien
del que puede gozar asimismo un hermano insignificante.
Agustín de Hipona
A causa de tu amor infinito, Señor, me has llamado a
seguirte, a ser tu hijo y tu discípulo.
Después me confiaste una misión que no se parece a ninguna
otra, aunque con el mismo objetivo que los otros: ser tu apóstol y testigo.
Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que sigo confundiendo
las dos realidades: Dios y su obra.
Dios me ha dado la tarea de sus obras.
Algunas sublimes, otras más modestas; algunas nobles, otras
más ordinarias.
Comprometido en la pastoral parroquial, entre los jóvenes,
en las escuelas, entre los artistas y los obreros, en el mundo de la prensa, de
la televisión y de la radio, he puesto todo mi ardor implicando en ello todas
mis capacidades.
No he ahorrado nada, ni siquiera la vida.
Mientras estuve inmerso en la acción con tanta pasión
encontré la derrota de la ingratitud, de la negativa a la colaboración, de la
incomprensión de los amigos, de la falta de apoyo de mis superiores, de la
enfermedad y la debilidad, de la falta de medios…
Me ha ocurrido también, en pleno éxito, mientras era objeto
de aprobación, de elogios y de afecto por todos, ser trasladado de improviso y
cambiado de función.
Heme aquí, ahora, presa del aturdimiento; voy a tientas,
como en la noche oscura.
¿Por qué me abandonas, Señor? No quiero desertar de tu obra.
Debo llevar a término tu tarea, ultimar la construcción de
la Iglesia…
¿Por qué atacan los hombres tu obra? ¿Por qué la privan de
su apoyo? Ante tu altar, junto a la Eucaristía, he oído tu respuesta, Señor:
«Me sigues a mí y no a mi obra. Si quiero me entregarás la tarea confiada. Poco
importa quién ocupe tu puesto; es asunto mío. ¡Debes optar por mí!».
Nguyen Van Thuan, Preghiere di speranza
Vídeo de la semana:
Lecturas del día:
ORACIÓN DE SILENCIO
Se recuerda que durante todo el verano se continuará celebrando, todos los miércoles a las 5 en la iglesia de la Anunciación, la oración de silencio con exposición del Santísimo.
Animamos a todos aquellos que sientan la necesidad de una hora de contemplación en silencio a tener esta experiencia, lejos de los ruidos exteriores y, sobre todo internos, que nos impiden escuchar lo que Dios nos dice a cada uno.
NO LLEVÉIS ALFORJA NI DINERO, NI DOS PARES DE SANDALIAS
“No he
visto ningún coche fúnebre seguido del camión de mudanzas”. Sin duda, este
nuevo Papa tiene humor y sabe usar las imágenes y pequeñas parábolas con
maestría. No dice aquí nada nuevo, pero nos predispone a acoger de buen grado
esa pura verdad que siempre dijimos: tras la muerte no nos llevamos nada. El
rey y el mendigo son igual de pobres en la sepultura, por diferentes que sean
sus túmulos.
Pero esta
verdad elemental no nos impide apegarnos a las cosas y, sobre todo, a los
dineros como lapas. Y como la lapa vive inseparablemente unida a la roca, así
nosotros dependemos y nos hacemos esclavos de nuestras posesiones.
En lugar de
manejar con libertad las cosas, vivimos para acumular, conservar, proteger y
dar brillo a lo que creemos poseer para siempre. Así nos va. Nos cansamos de
limpiar muebles, poner orden en los armarios, sortear las lámparas de los
salones, y nos falta la disponibilidad para el disfrute de lo natural, de lo
sencillo, y para la alegría. Transferimos nuestra propia identidad a las cosas
que poseemos.
Jesucristo,
cuando envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios, les sugiere que
vayan ligeros de equipaje: “no llevéis talega, ni dinero, ni dos pares de
sandalias”. Es decir, no acaparéis. Cargad estrictamente lo necesario. No es
inteligente ponerse en camino para un largo recorrido con una mochila cuyo peso
no soportan tus espaldas.
Difícil lo
tenemos si queremos ser cristianos y vivir como tales en nuestra sociedad
capitalista de la publicidad y la mentira. Lo único que hace creíble a la
iglesia y a los cristianos –mucho más a obispos, clérigos y monjas- es la
austeridad y la pobreza. Si almacenamos como todos y, sobre todo, si
priorizamos la obtención de los medios económicos para realizar nuestra misión,
es que no creemos en la fuerza de la
Palabra y el mensaje que anunciamos. Ésta, me parece, la peor
tragedia de nuestra Iglesia. Tan grave o más que los dichosos abusos sexuales.
No que éstos no sean graves, despreciables, terribles. Pero, por muchos que
sean y se aireen, son casos puntuales. El problema de la falta de austeridad y
desobediencia formal a Cristo en el asunto de la pobreza es que está
generalizado y comienza particularmente en la cúpula eclesial, en el Vaticano.
En cambio,
cuando todo el mundo depende de los dineros y aparecen hombres y mujeres
austeros y pobres, que viven con lo imprescindible y comparten, gozosos y
libres, esos sí cuestionan a la gente y su palabra resulta creíble.
No vale ya
para nadie el yo trabajo, yo me lo gano, yo me lo gasto a mi manera. Cuando en
Extremadura o Andalucía sus respectivas Juntas tienen que acudir a organizar
comedores para que miles de niños no pasen hambre, nadie tenemos derecho a
mirar para otro lado.
Bravo por
el papa Francisco que nos lo recuerda más con los hechos que con las palabras.
Esperen y verán lo que este papa nos depara.
JOSÉ MARÍA YAGÜE
miércoles, 3 de julio de 2013
SIN MIEDO A LA NOVEDAD
El Papa Francisco está llamando a la Iglesia a salir de sí
misma olvidando miedos e intereses propios, para ponerse en contacto con la
vida real de las gentes y hacer presente el Evangelio allí donde los hombres y
mujeres de hoy sufren y gozan, luchan y trabajan.
Con su lenguaje inconfundible y sus palabras vivas y
concretas, nos está abriendo los ojos para advertirnos del riesgo de una
Iglesia que se asfixia en una actitud autodefensiva: “cuando la Iglesia se
encierra, se enferma”; “prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una que
esté enferma por encerrarse en sí misma”.
La consigna de Francisco es clara: “La Iglesia ha de salir
de sí misma a la periferia, a dar testimonio del Evangelio y a encontrarse con
los demás”. No está pensando en planteamientos teóricos, sino en pasos muy
concretos: “Salgamos de nosotros mismos para encontrarnos con la pobreza”.
El Papa sabe lo que está diciendo. Quiere arrastrar a la
Iglesia actual hacia una renovación evangélica profunda. No es fácil. “La
novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros, si
tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y
planificamos nuestra vida según nuestros esquemas, seguridades y gustos”.
Pero Francisco no tiene miedo a la “novedad de Dios”. En la
fiesta de Pentecostés ha formulado a toda la Iglesia una pregunta decisiva a la
que tendremos que ir respondiendo en los próximos años: “¿Estamos decididos a
recorrer caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos
atrincheraremos en estructuras caducas que han perdido la capacidad de
respuesta?
No quiero ocultar mi alegría al ver que el Papa Francisco
nos llama a reavivar en la Iglesia el aliento evangelizador que Jesús quiso que
animara siempre a sus seguidores. El evangelista Lucas nos recuerda sus
consignas. “Poneos en camino”. No hay que esperar a nada. No hemos de
retener a Jesús dentro nuestras parroquias. Hay que darlo a conocer en la vida.
“No llevéis bolsas, alforjas ni sandalias de repuesto”. Hay
que salir a la vida de manera sencilla y humilde. Sin privilegios ni
estructuras de poder. El Evangelio no se impone por la fuerza. Se contagia
desde la fe en Jesús y la confianza en el Padre.
Cuando entréis en una casa, decid :”Paz a esta casa”. Esto
es lo primero. Dejad a un lado las condenas, curad a los enfermos, aliviad los
sufrimientos que hay en el mundo. Decid a todos que Dios está cerca y nos
quiere ver trabajando por una vida más humana. Esta es la gran noticia del
reino de Dios.
De Eclesalia.net
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